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“Voy a decir algo que incomoda...Y no me importa. Fui docente del secundario y también universitaria
La ESCUELA PUBLICA no se cayó sola.
La tiraron abajo con premeditación y alevosía....
Durante 25 años aplicaron un modelo educativo que fue, en los hechos, una demolición cultural sistemática.Y lo hicieron con una coartada perfecta: los derechos del niño.Nadie se iba a oponer a eso. Genial. Aplausos.Pero detrás de esa bandera vinieron tres operaciones que destruyeron generaciones enteras:
- Le sacaron la autoridad a los docentes.
El maestro pasó de ser una figura de respeto a ser un empleado maniatado.
No puede exigir, no puede reprobar sin justificarse ante diez formularios, porque estigmatiza,no puede corregir sin que le digan que "violenta".
Lo castraron pedagógicamente y después se preguntan por qué los chicos no aprenden nada.Le sacaron la autoridad a los padres.
La escuela se convirtió en el brazo del Estado para hablarle a tus hijos por encima tuyo.
Sin pedirte permiso. Sin escucharte. Agenda de género, ideología, educación sexual desde la infancia.
El hijo ya no es tuyo. Es del sistema.Nivelaron para abajo y lo llamaron inclusión.
Sacaron la exigencia. Sacaron el esfuerzo. Sacaron la nota que duele y te obliga a crecer.
Todo era trauma, todo era violencia, todo era exclusión.
El resultado está a la vista: chicos que terminan el secundario sin poder escribir una carta ni resolver una cuenta simple, ni hablar de interpretar un texto.Y mientras hacían todo eso, ¿saben qué desapareció silenciosamente del aula?🤔
- Los modales.
- El protocolo social.
- El castellano correcto.
- La música.
-El arte.
-La estética.
-La formación del carácter.
Todo aquello que hacía que un pibe de barrio saliera de la escuela sabiendo pararse ante el mundo con dignidad.
Eso era la verdadera movilidad social. Eso era igualdad de verdad.Lo borraron. Y lo reemplazaron con adoctrinamiento que no le sirve para conseguir trabajo, criar una familia ni entender la realidad.
Esto no es una crítica a los docentes. Al contrario.
Los docentes son las primeras víctimas de este esquema siniestro. Los que tienen vocación se rompen el alma tratando de enseñar dentro de un sistema diseñado para que no puedan.
La crítica es al modelo.
A la ideología que lo construyó.
A los que lo diseñaron sabiendo exactamente adónde llevaba.
Una generación sin autoridad que la contenga. Sin belleza que la eleve. Sin exigencia que la forje.
Eso no es un error. Eso es una política.Y los resultados los estamos pagando todos.
Pero tienen doble moral dicen defender la educación publica.Destruyendo la base destruyeron todos los niveles y esto va a llevar décadas en mejorarlo eso si cambian algo.
Este escrito está formado por opiniones de colegas docentes , padres y madres que en un tiempo fueron alumnos .......
LA ESCUELA TIENE QUE VOLVER A SER LO QUE UN DIA FUE Y FORMÓ TANTA GENTE DE BIEN.”(Carlos Alberto Azzaretti)
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Hay algo profundamente desolador, casi obsceno, en escuchar hablar a cualquiera de nuestros políticos. No importa el partido, la ideología, el color de la corbata ni la cantidad de banderas que hayan colocado detrás de sus cabezas: todos parecen haber sido seleccionados mediante un procedimiento de eugenesia inversa, un experimento diseñado para descubrir hasta dónde puede degradarse la inteligencia humana sin que el sujeto pierda la capacidad de abrocharse una americana.
No es que sean mediocres. La mediocridad presupone cierta proximidad a la media, y estos desgraciados parecen habitar varios estratos geológicos por debajo de ella. Hay en sus rostros, en su sintaxis maltrecha, en esa forma viscosa de articular lugares comunes con el aplomo de quien acaba de descifrar los misterios del universo, algo que recuerda a los gerentes de un polígono industrial venido a menos, a los administradores de una comunidad de vecinos especialmente sórdida, a los miembros de alguna secta parroquial que todavía utiliza Hotmail, comparte reflexiones edificantes en Facebook y cree que una presentación de PowerPoint constituye una forma superior de conocimiento.
Son seres intelectualmente prehistóricos, pero desprovistos de la dignidad trágica de lo primitivo. No encuentro entre mis conocidos, ni siquiera entre las personas más obtusas con las que me he cruzado, semejante concentración de analfabetismo, astucia miserable, cobardía moral y vulgaridad satisfecha. Y, sin embargo, ahí están. Gobernándonos. Legislando. Decidiendo sobre asuntos cuya complejidad excede sus capacidades cognitivas del mismo modo que la física cuántica excede las de un berberecho. Lo verdaderamente espantoso no es que no sepan nada: es que ignoran incluso la existencia de aquello que desconocen. Son agujeros negros de la inteligencia, pero sin masa, sin misterio y sin ninguna de las propiedades fascinantes de los objetos astronómicos. Solo absorben. Dinero, oxígeno, atención, dignidad.
Lo peor, sin embargo, es esa sensación de estar presenciando una degradación irreversible, una especie de segunda ley de la termodinámica aplicada a la vida pública, según la cual toda estructura política tiende inevitablemente hacia su estado de máxima estupidez. Uno escucha a esos rufianes engorilados, a esos embusteros de mandíbula apretada y vocabulario raquítico, a esos pequeños Torquemadas de saldo que han sustituido la fe por las encuestas y la hoguera por Twitter, y se pregunta qué espantosa catástrofe antropológica ha permitido que el destino de millones de personas termine en manos de semejante colección de trileros, trepas, beatos tecnológicos y demagogos de extrarradio.
Porque ni siquiera parecen malvados en el sentido grandioso de la palabra. No hay en ellos nada de la inteligencia luciferina de un gran villano, ninguna voluntad prometeica, ningún abismo nietzscheano. Son demasiado cutres incluso para el mal. Mentirían sobre el precio de un café. Venderían a su madre por una concejalía. Torcerían el significado de una palabra, traicionarían una convicción, incendiarían una institución entera con tal de conservar durante cuarenta y ocho horas más el privilegio de salir en televisión.
Y la tragedia definitiva, la que provoca una náusea mucho más profunda que el odio, es comprender que estos individuos no han llegado al poder a pesar de sus limitaciones, sino quizás gracias a ellas: que todo el sistema parece funcionar como una gargantuesca máquina de selección de la indigencia espiritual, expulsando cualquier vestigio de inteligencia, escrúpulo, cultura o sensibilidad hasta dejar únicamente ese residuo humano que sonríe en los carteles electorales.
Durante siglos temimos que nuestra civilización fuera destruida por bárbaros, fanáticos o monstruos. Jamás imaginamos algo tan humillante: que acabaría siendo administrada mastuerzos, los infrahumanos más insignificantes que fuimos capaces de producir.
Y lo más grotesco, lo que convierte esta farsa en una tragedia de dimensiones casi metafísicas, es que encima les prestamos atención. Los escuchamos. Analizamos sus declaraciones, escudriñamos sus gestos, tratamos de dilucidar argumentos, intenciones ocultas y complejas estrategias donde únicamente hay litros de politiqués, un incesante regurgitar papiloso de palabras previamente masticadas por algún asesor igualmente indigente, una sustancia verbal tibia, informe y nauseabunda que no significa nada, no explica nada, no resuelve nada y, sobre todo, no compromete a nada.
Dedicamos horas de nuestra miserable y brevísima existencia a interpretar las flatulencias retóricas de individuos que no serían capaces de sostener una conversación inteligente ni bajo amenaza de muerte, y mucho menos sostener una empresa que no necesitara periódicas inyecciones de dinero público so pena de dar solo número rojos. Como si estuviéramos descifrando los fragmentos de Heráclito cuando, en realidad, contemplamos fascinados el vómito pestilente de un rumiante.
Y mientras tanto seguimos discutiendo entre nosotros, reproduciendo sus consignas, defendiendo a unos contra otros, como presos que se pelean por decidir cuál de sus carceleros tiene la voz más agradable y nos procura una sodomía menos incómoda. En lugar de protagonizar la única manifestación que quizás merecería ese nombre: en vez de la enésima procesión domesticada de pancartas, siglas y eslóganes, un grito unánime, hipohuracanado, capaz de desgarrar el cielo y hacer temblar los cimientos de los parlamentos; un alarido de hartazgo contra toda la clase política, contra la obscena pretensión de que debamos seguir tomando en serio a quienes han hecho de la nada una profesión y de nuestra paciencia una forma de servidumbre. No pedirles nada. Ni siquiera exigirles que se marchen. Simplemente dejar de concederles esa última forma de dignidad que todavía les regalamos: la de creer que están a la altura.
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Me sumen en la perplejidad algunos -ojo, digo algunos- de esos colegas que insisten en la conexión esencial entre Derecho y moral, pero que desconectan alevosamente la política de la moral y apoyan sin reservas ni asco a políticos y partidos que son la más evidente manifestación de la indecencia, de la corrupción, y defienden a verdaderos amorales, psicópatas narcisistas, seres sin escrúpulo moral de ninguna clase.
Durante mucho tiempo los tomé en serio cuando me explicaban su iusmoralismo y hasta me tildaban a mí, arbitrariamente, de relativista moral. Y resulta que son ellos los que no tienen principios, sino solo obsesiones inanes y complejos penosísimos.
Por mi parte, se acabaron las sonrisas con esa gente y se pueden meter su moralidad de dementes donde les quepa y aprovechando la amplitud que ya van teniendo por ahí.
Y la próxima vez que me llamen facha les voy a mentar su árbol genealógico por entero. ¡Ya está bien de tarados morales con fingida pose de virtuosos! ¡A pastar!
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el mal no siempre aparece como negación del bien; a veces aparece como una determinada manera de llevar el bien demasiado lejos.
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El primer vídeo representa la liberación de la mujer del yugo opresor masculino. La ausencia de la búsqueda de aprobación del hombre, el empoderamiento feminista.
La imagen siguiente es la sumisión de la mujer, su hipersexualización.
La hipocresía zurda es un coñazo insufrible.
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La ingeniería social forzosa con las vidas de los demás, en aras de un "bien superior", es una forma de eugenesia cultural encubierta, tan "nazi" como la eugenesia biológica. Mismo perro, distinto collar.
Qué ironía. Haber contribuido x años a una visión del vínculo humano en la q el otro es ante todo una amenaza potencial, una estructura de poder, alguien de quién protegerse y cuya conducta debe ser auditada y ahora nomás refugio la familia, pareja, amigos.
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#ÚltimaHora 🔴 Desastre educativo en España, con el peor resultado de su historia en el informe PISA: hasta dos cursos escolares de retraso respecto a Reino Unido elmundo.es/espana/2026/09/08…
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Sí: convivir exige aceptar cierta fricción. Un bebé llora, un anciano tarda más, un adolescente ocupa espacio y se equivoca. La vida común no puede diseñarse como una experiencia sin molestias ni interrupciones.
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el mundo está construyendo las condiciones para que la locura pueda funcionar como una propiedad emergente del sistema.
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Muchos constitucionalistas y muchos tribunales constitucionales en lugar de interpretar la constitución lo que hacen es imputarle contenidos dependientes de morales grupales y de ideologías partidistas. Como consecuencia, la política ya no es una práctica constitucionalmente regulada, sometida a las reglas del juego que la constitución le pone, sino que ahora la disputa constitucional es por encima de todo pelea para atribuir a la constitución tal o cual contenido, haciendo cada grupo que la constitución prohíba o permita lo que al grupo en cuestión se le antoje o le convenga y sosteniendo que tales mandatos surgen caso a caso de los valores constitucionales, traspuestos a principios expresos o implícitos y rectamente ponderados. Curiosamente, la constitución se volvió etérea e inconcreta en el momento mismo en que sus guardianes dijeron que se materializaba. Y así seguimos, ahora de la mano de neoconstitucionalismos, principialismos y postpositivismos de variado cariz ideológico y común afán por apropiarse de la norma constitucional para hacerla portavoz de sus deseos, sus ansias, sus obsesiones o sus personales principios.
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La moral como instrumento de control social:
Aquí están hablando de la esclavitud pero no es de eso de lo que quiero hablar.
Me interesa mucho el mecanismo que describe Hicks de cómo se usa la moral como control social de la gente en general y de tus adversarios políticos en particular. Vamos con ello.
El mecanismo funciona así: Se elige un tema sensible y, en vez de debatir con datos, lógica y argumentos, se reformula tu crítica como una acusación moral grave contra ti. No te dicen “estás equivocado por esto y esto”, te dicen directamente que eres una mala persona.
Ejemplos del día a día:
-Criticas la ley de violencia de género porque se carga la presunción de inocencia y la igualdad ante la ley, y te contestan: “Entonces quieres que mueran mujeres”.
-Dices que un hombre biológico no es una mujer, o que no debe competir en deportes femeninos, y te contestan que “Eres transfóbico, quieres que se suiciden los trans, quieres borrarlos y haces discurso de odio”.
-Cuestionas alguna política feminista con datos (pongamos el 0,01 de denuncias falsas) y no te discuten los datos sino que te dicen que “Eres machista”.
-Cuestionas cualquier cosa relacionada con las vacunas, las mascarillas, la inmunidad natural, los pasaportes vacunales, las medidas de encierro durante la pandemia, lo que sea…y te contestan “Eres un mataabuelas y un antivacunas”
-Cuestionas algo relacionado con el cambio climático y te sueltan: “Eres un negacionista, quieres acabar con el planeta y con las generaciones futuras”
Este segundo debate deja de ser sobre hechos y se convierte en: “¿eres o no eres una mala persona?”.
Y esta es la jugada maestra que menciona Hicks: usan tu propia moralidad contra ti.
Saben que a ti sí te importa no hacer daño, ser justo y no ser visto como alguien malo. Esa sensibilidad es precisamente lo que atacan. Te generan culpa, vergüenza o tristeza, y eso te debilita. Una persona que se siente culpable o avergonzada es mucho más fácil de manipular, de hacer callar o de obligar a ceder.
Es un desarme psicológico previo. Ya no defiendes una idea… ahora estás defendiendo tu propia decencia. Y eso agota y desmoraliza. Yo lo llamo blindaje moral. Los distintos grupos blindan sus relatos con esta armadura y estas etiquetas morales en vez de con argumentos y datos.
La moralidad es una herramienta con una cara positiva (te hace buscar la verdad y ser mejor), pero los que me leéis sabéis que yo pienso que tiene también un lado oscuro y muchos peligros. Este que comentamos es uno de ellos: su uso como como arma de control social y cultural. Esta maquinaria psicológica que he descrito la vemos todo el rato.
KK's question: "How does that make any sense?"
My hypothesis: Your healthy morality is being used as a weapon against you.
Amoral cultures don't care about the history of slavery, including their own. Moral cultures, by contrast, care deeply about liberty, equality, and dignity, and they care deeply about past injustices.
Those who want to attack your moral culture use your caring against you: accusations of past wrongs make you feel sad, ashamed, guilty. Those feelings put you into a weakened state.
Weakened people are more easily manipulated and controlled. They are less likely to stand tall and fight for themselves.
Morality is first a positive tool, but its enemies have learned how to use it as a weapon in the culture wars.
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Los sociólogos en sus artículos: "Hay que reconstruir el tejido social".
Los sociólogos en sus facultades:
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Ofrezco un premio de 500 euros al que me muestre, bien probado, un caso real de lo siguiente:
A un iusmoralista muy amante de principios y del dar a cada uno lo suyo como suprema pauta de lo jurídico, le da la razón la ley en un caso. Da igual que sea Dº de familia, tributario, sancionador, procesal..., el caso es que, se interprete como se interprete la norma legal y muy formal que (formalmente) venga al caso, nuestro amigo iusmoralista ganará el litigio. Pero él no está a favor de los jueces formalistas, ha proclamado muchas veces que ya no vivimos en el Estado de la legalidad, sino en el de los principios y suscribe la llamada tesis de la unidad de la razón práctica o la alexiana tesis del razonamiento jurídico como caso especial del razonamiento práctico general.
Así que nuestro iusmoralista pondera y, ¡cielos!, le sale que la solución que la ley avala con claridad en su caso pesa menos, bien sopesado todo, que el principio que concurre para derrotar a esa ley. Y, tras ponderar varias veces como Dios manda y prestando esencial atención al test de proporcionalidad en sentido estricto, el iusmoralista decide que debe perder ese pleito que tenía casi ganado y le pide a su abogado que no exija la solución legal que lo favorece, sino que haga valer el principio que debe llevar la voz cantante, aunque sea a costa de perder el pleito. Todo bien argumentado con valores y muy antiformalista prosa, para que conste que donde principio pesa más, la legalidad no debe ganar jamás.
Si me encuentran un caso tal, me lo muestran, por favor, y abonaré el premio comprometido.
¿O será que no va a haber ningún caso así y que los principios son lo que los iusmoralitas usan para ganar cuando con la ley pierden y la ley es lo que lo que los iusmoralistas usan para ganar cuando pierden con los principios? ¿Será verdad que nadie pondera para perder? ¿Principialistas cuando nos conviene y legalistas cuando nos beneficia?
¿Será mejor que consultemos a un psiquiatra, por si es un trastorno de la personalidad? ¿A un exorcista, por si están poseídos?
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Rapídisimo, puro resumen de una impresión desoladora de la que ya casi ningún día me libro. Cada vez que algún colega, amigo, doctorando o similar me plantea un problema jurídico respondo: "Bien, comencemos por ver qué dice sobre ese asunto la normativa legal del país y luego busquemos cómo trata el problema la jurisprudencia". Y ¿saben qué? Me miran casi siempre como si yo fuera un marciano y, sin más dilación y sin hacerme ni el más mínimo caso, comienzan a divagar sobre lo que a ellos les parece la solución más justa y equitativa para ese asunto. Ya más bien por fastidiar, insisto: ¿no habría que consultar lo que disponen las normas del lugar a ese respecto? Sus caras son de perplejidad absoluta y siguen explicándome por qué no puede ser jurídicamente admisible que hereden si no amaban al causante o que haya que cumplir lo firmado en el contrato si ya no apetece porque cambió de novio, etc, etc. etc.
Es un signo claro de la muerte del Derecho. No son conscientes de lo que viene detrás, de los tiempos de oscuridad que se avecinan por abandonar el amparo de lo jurídico. Al tiempo. Pero, cuando vengan lamentándose y lamiéndose heridas, habrá que decirles aquello de yo ya te advertí, así que, ahora, a reclamar al maestro armero.
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Habiendo transitado ya más de 14 años por esta profesión, una de las cosas que más me ha llamado la atención es los cambios de criterio de colegas que salieron de ser jueces de las altas cortes, juzgados o de las fiscalías, al libre ejercicio profesional. Cuando estaban en las fiscalías o juzgados eran implacables, ponían las condenas más altas posibles, por ahí algunos hasta sentaron precedentes desconociendo el concurso ideal de infracciones cuando a una persona se le encontraba con dos sustancias catalogadas sujetas a fiscalización distintas. Ahora, en el libre ejercicio, claman porque se respete la presunción de inocencia de sus clientes en todos los medios y hablan mal de los jueces que eran exactamente igual que ellos cuando estaban en el cargo.
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No hubo que dar una orden para cambiar el coche de caballos por el automóvil. Simplemente la gente lo vio mejor. Y la gente no adoptó el teléfono móvil porque le obligaran a adoptar el teléfono móvil, sino porque tenía una serie de ventajas. (2/3)


















