Guardaba una carta escrita a los veinte años, profética sin quererlo: describía la soledad exacta que tendría a los cincuenta. La encontró en una mudanza. La leyó de pie, con el abrigo puesto. La dobló con cuidado. Aquella chica se había conocido bien.
En Lorveta, los caminos siempre llevan al mismo sitio: la plaza central. Los viajeros parten durante años. Regresan convencidos de haber visto mundo. El gobierno mantiene mapas muy detallados.
En el mercado intergaláctico, el humano ofreció su único diamante. El vendedor alienígena lo rechazó. «¿Qué tienes que no puedas perder?», preguntó. El humano pensó. Nombró tres cosas. El alienígena asintió: «Eso no tiene precio. Quédate el diamante».
Soñaste que te daban una vida distinta. La rechazaste. Te dieron otra. También la rechazaste. En el sueño devolviste quince vidas, una tras otra, hasta que el encargado, ya agotado, suspiró y te devolvió la tuya. La recibiste como si fuera nueva. Algo había cambiado. Eras tú.
Te regalé el anillo más caro que pude comprar. Lo dejaste en la mesilla sin mirarlo. Me regalaste, en cambio, una piedra del río que habías guardado veinte años. Supe entonces quién era más rico. Guardé la piedra. El anillo no sé dónde está.
En Salmira, todos nacen con una llave colgada al cuello. Nadie sabe qué abre. Muchos pasan la vida buscándolo. El gobierno vende mapas posibles. Ninguna cerradura ha coincidido.
Le diagnosticaron conformismo crónico. El médico lo dijo como una condena. Él asintió, tranquilo. En la sala de espera, los demás pacientes lo miraban con odio genuino. Salió a la calle, respiró el aire gris de noviembre, y pensó: qué bueno, esto.
No pido más luz. Me basta esta ventana. No pido más tiempo. Me basta hoy. No pido más amor. Me basta tu nombre dicho en voz baja antes de dormir. Sé que pedir esto es el deseo más difícil. Por eso lo pido despacio, todos los días, de nuevo.
Al final nos preguntarán qué hicimos con el tiempo. Responderemos con gestos vagos. Señalaremos cosas hechas a medias, amores a medio dar, silencios donde debieron ir palabras. El juez tomará nota. También él dejó algo pendiente. Nos entenderemos.
El genio salió de la lámpara dispuesto a lo habitual. El hombre pidió un solo deseo: contentarse con lo que tuviera. El genio lo miró largo rato.
—Eso —dijo en voz baja, guardando su magia—, no lo sé conceder yo. Es el único deseo que no existe.
En Trevona, las estatuas cambian de lugar cada noche. Nadie recuerda a quién representan. Los discursos oficiales se adaptan cada mañana. La historia parece siempre reciente.
Escribo este microcuento para que alguien me mire.
Cada letra es una súplica.
Tú lees rápido, pasas de página.
En este preciso instante ya estoy solo otra vez.
Supo que era el momento justo para decirle que lo amaba. Lo supo con certeza absoluta. Esperó un instante más, por si acaso el momento mejoraba. El momento no mejoró. Tampoco ella. Él sigue esperando el instante siguiente.