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Lo mejor que he hecho este año y el pasado es hacer el curso de pensamiento crítico de @polymatas
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Por suerte, encontré la Biblioteca @polymatas
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En @Polymatas, Val habló sobre el fenómeno que Kenneth Minogue llamó “El síndrome de San Jorge jubilado”: problema imposible + héroe que arriesga su vida.
PERO, una vez resuelto el problema…
Leedlo, que está muy bien (y no quiero prolongar mi digresión): polymatas.com/movimientos-mu…
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El Mundo No Se Acaba, con Val Muñoz de Bustillo (@polymatas)
fitnessrevolucionario.com/20…
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El síndrome de San Jorge jubilado: los movimientos mueren de éxito y se convierten en sectas porque necesitan seguir viendo dragones donde ya solo hay lagartijas.
Brutal reflexión.
¿Dragón o lagartija? 🔥🐉🦎
@polymatas polymatas.com/movimientos-mu…
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He estado escuchando el análisis de @polymatas sobre la famosa entrevista de Jordan Peterson y Cathy Newman. Es un resumen muy bueno de por qué las discusiones sobre temas polémicos suelen acabar en un diálogo de sordos y que podemos hacer cuando discutimos con amigos.
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Resumen del libro Cómo mueren las democracias radiosapiens.es/resumen-del-… a través de @radiosapiens_es @polymatas
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💡 Siempre es un placer participar en “Entre @polymatas” junto al insaciablemente curioso Val Muñoz, en este caso hablando de un temazo: “¿Están las redes sociales destruyéndolo todo?”
polymatas.com/las-redes-soci…
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Muy interesante este capítulo de @polymatas sobre los mercados de predicción: ¿Puedes predecir el futuro con Polymarket? polymatas.com/predecir-futur…
También en formato podcast y YouTube
youtu.be/ldMtezyhi9w?si=ojdS…
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La cultura como ingeniería emergente.
Genialidad como acostumbra a publicar los domingos @Polymatas
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Nos engañan: Caos cultural. Por qué la sociedad es una chapuza, @polymatas
go.ivoox.com/rf/167964330
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Entre mis pocas lecturas fijas está la newsletter de @Polymatas
Esto, sobre la fuerza de las ideas y el diseño de sistemas, es una maravillosa síntesis de un fenómeno tremendamente humano:
Los programadores del poder
Si preguntas a la izquierda quién mueve el mundo, señalarán a las corporaciones.
Si preguntas a la derecha, culparán al Estado y su burocracia.
Ambos se equivocan. Miran al títere, no al titiritero.
El verdadero poder no lo tiene quien firma el decreto, sino quien diseñó el software mental de esa persona cien años antes. Los líderes no piensan desde cero; ejecutan sistemas operativos diseñados por intelectuales muertos.
Esta es la cadena de mando real:
Karl Marx → Lenin y Mao: Marx no disparó un arma, pero sus textos cargaron las de millones. La "lucha de clases" fue el manual de ingeniería con el que se demolieron y reconstruyeron imperios enteros.
Friedrich Hayek y Milton Friedman → Thatcher y Reagan: El neoliberalismo no surgió de la nada. Thatcher golpeaba la mesa con los libros de Hayek gritando "¡esto es en lo que creemos!". Ellos diseñaron la economía de mercado actual.
Ayn Rand → Alan Greenspan y Silicon Valley: El egoísmo racional es la religión de las grandes tecnológicas. Greenspan (Reserva Federal) fue discípulo directo de Rand; hoy, figuras como Peter Thiel operan bajo su código moral.
Nicolás Maquiavelo → Kissinger y Napoleón: Cualquiera que separe la ética de la eficacia política está aplicando el manual técnico de El Príncipe.
Carl von Clausewitz → El Pentágono: La guerra moderna no se improvisa. La doctrina militar occidental sigue el axioma de Clausewitch: la guerra es simplemente política por otros medios.
John Locke y Montesquieu → Los Padres Fundadores: La Constitución de EE. UU. es la operacionalización jurídica de sus ideas sobre propiedad y división de poderes.
Foucault y Judith Butler → Políticas sociales y departamentos de RRHH: Las políticas de diversidad e inclusión de gobiernos y corporaciones occidentales no surgieron de la nada; son la aplicación directa de la teoría crítica y posmoderna.
San Pablo → La Iglesia: Jesús puso el carisma, pero Pablo puso la estructura. Sin su capacidad para organizar la fe, el cristianismo habría muerto como cualquier otra secta de la época.
El poder real no es el dinero ni siquiera la fuerza bruta. Sobretodo es la capacidad de definir la "verdad" que utilizan las personas para actuar las personas con poder ejecutivo.
Disclaimer: No hace falta que lo diga (creo). Pero por si acaso: este breve ensayo es una generalización y no pretende ser preciso sino llamar la atención sobre una cuestión importante que suele olvidarse.
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14. Pensamiento contrafactual
Durante este año he trabajado con Val Muñoz de Bustillo (@polymatas) en su Curso Avanzado de Pensamiento Crítico. Si tuviera que quedarme con solo una idea, sería el pensamiento contrafactual.
El pensamiento contrafactual es una simulación mental de mundos alternativos. En uno ocurre el suceso, en otro no. Esta forma de acercarnos a la realidad nos ayuda a aislar las consecuencias de lo que pasa y a establecer si un hecho es causa o si las cosas habrían ocurrido de todos modos.
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¿Qué le regalas a alguien que tiene de todo? ¿Qué tal un libro que le haga ser consciente de lo afortunado que es y del impacto enorme que puede tener si destina una parte de su suerte a ayudar a los demás?
Lo promociono sin vergüenza porque dono los derechos de autor a @ayuda_efectiva y porque las ideas que comparto son las que han hecho que mi vida sea hoy mucho mejor.
El libro tiene 5 estrellas ⭐ en Amazon y ha recibido elogios como estos:
«Este breve libro cambiará vidas. Los poderosos argumentos de Pablo Melchor barren con todas las excusas para la inacción y Altruismo racional salta inmediatamente a lo más alto de las listas de los mejores libros —en cualquier idioma— sobre cómo podemos y debemos actuar eficazmente contra la pobreza global.»
— @PeterSinger, profesor emérito de bioética, Universidad de Princeton y autor de The Life You Can Save.
«Pablo Melchor desafía nuestras ideas preconcebidas; ofrece una vía moderna y efectiva para ayudar mejor.»
— @VicenteVallesTV, presentador y director del informativo “Noticias 2” de Antena 3.
«Este libro demuestra algo esperanzador: tu ayuda puede tener un impacto enorme si sabes dónde dirigirla. Datos al servicio del bien.»
— @kikollan, periodista de datos en EL PAÍS y autor de Piensa claro.
🛒 Puedes comprar el libro en Amazon amazon.es/Altruismo-racional…, Casa del Libro casadellibro.com/libro-altru… y cualquier otra librería.
📕 Todo acerca del libro en altruismoracional.com/libro
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Este estudio analiza cómo niños y niñas de entre 3 y 7 años compiten por un recurso valioso -unas pegatinas- y encuentra que, incluso a edades muy tempranas, emplean estrategias distintas según el sexo, similares a las observadas en otros mamíferos. Al observar cómo parejas de niños y niñas se acercaban a una caja que solo podía ser usada por uno a la vez, las investigadoras descubrieron que las niñas, cuando estaban con otra niña, tendían a caminar juntas y llegar simultáneamente, mostrando una apariencia de igualdad y cooperación. Sin embargo, una vez allí, casi todas libraban una breve y sutil disputa por la primera pegatina, compitiendo de forma discreta sin poner en riesgo la relación. Los niños, en cambio, mostraron mayor inclinación hacia una estrategia jerárquica: en más de la mitad de los casos, uno cedía el paso al otro desde el inicio, permitiendo que el compañero accediera sin obstáculos al recurso, lo que evitaba conflictos directos y establecía rápidamente quién ocupaba la posición dominante.
Las parejas mixtas (niño-niña) se comportaron de manera menos coordinada y con más competencia abierta, probablemente porque cada sexo está habituado a interactuar principalmente con pares del mismo sexo y, por tanto, sus estrategias difieren y no se ajustan entre sí. El hallazgo general sugiere que niñas y niños ya muestran, desde muy pequeños, estilos diferenciados de gestionar la competencia: las niñas priorizan la igualdad aparente y la competencia sutil, mientras que los niños prefieren jerarquías claras que minimizan el conflicto. Estas pautas tempranas, unidas a la segregación por sexo que caracteriza la socialización infantil, podrían contribuir a conformar las distintas formas en que mujeres y hombres abordan la cooperación, la rivalidad y el acceso a recursos a lo largo de la vida.
researchgate.net/publication…
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Una de las habilidades más importantes que puedes desarrollar es ignorar tu estado de ánimo y seguir el plan trazado.
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El estatus no es solo un rasgo personal ni una actitud aislada: es, ante todo, una forma de coordinación. Si dos personas ocupan posiciones distintas, ambas deben reajustar su conducta. La persona con mayor estatus tiende a expandirse en el espacio, mantener la mirada durante más tiempo, hablar con menos vacilaciones, interrumpir con más facilidad y, en general, imponer el ritmo de la interacción. Quien ocupa la posición inferior suele plegarse a ese patrón, concediendo más margen al otro tanto en lo físico como en lo social. Incluso al caminar juntos ocurre lo mismo: la persona con menos estatus suele adaptar su paso al de quien tiene más.
Casi siempre, estas negociaciones tácitas transcurren sin fricción. Cuando no hay acuerdo sobre la jerarquía relativa, la coreografía se descompone y aparece la sensación de incomodidad social o incluso corporal. Todos hemos vivido esa escena ligeramente absurda de sentarnos frente a un colega con el que hay una rivalidad latente y no saber qué hacer con los brazos, cuándo intervenir o cómo cerrar la conversación sin que suene extraño.
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En The Enigma Of Reason, Mercier y Sperber sostienen que nuestra capacidad para dar y pedir razones habría surgido como una herramienta para mover a los demás, justificar lo que hacemos y defendernos frente a las críticas, y también para protegernos de las razones dudosas que otros intentan colarnos.
En este marco, el razonamiento tiene dos caras complementarias. Por un lado, como ya hemos apuntado, cuando generamos razones para explicar lo que creemos o lo que hemos hecho, tendemos a ser parciales. Buscamos argumentos que nos dejen en buen lugar, que muestren que teníamos razón, que nuestras decisiones tenían sentido, que no hemos actuado por capricho o interés egoísta.
Pero por otro lado, cuando escuchamos a otros, activamos un modo distinto. Pasamos a evaluar. En ese modo solemos ser más exigentes y desconfiados. Examinamos si lo que nos dicen encaja con lo que ya sabemos, si los argumentos son coherentes, si el interlocutor nos parece fiable. No aceptamos cualquier cosa, sino solo aquellas razones que, a nuestra escala, resultan realmente persuasivas.
La tesis de Mercier y Sperber es que esta asimetría es funcional, no un simple error de fábrica. Si cada individuo se ha preocupado por construir el mejor caso posible a favor de sus propias ideas e intereses, y los demás han sometido esas razones a escrutinio crítico, el resultado del intercambio es, en promedio, una depuración de errores. La conversación actúa como un filtro: muchas justificaciones autoindulgentes se caen por el camino, mientras que los argumentos más sólidos consiguen sobrevivir.
Visto así, la argumentación no es solo una lucha de egos, sino un mecanismo colectivo que tiende a producir creencias más ajustadas a la realidad y decisiones más sensatas que las que cada uno habría tomado encerrado en sí mismo. La mejora no es perfecta ni está garantizada en cada caso, pero la dirección general, según ellos, es clara: discutir con razones ha tenido beneficios cognitivos para los grupos humanos.
Hoy, en Sapienciología: sergioparra.substack.com/p/p…
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Un reciente estudio sostiene que, más allá de las grandes disputas filosóficas que suelen acaparar la atención, existe un territorio común sorprendentemente amplio hecho de verdades elementales sobre cómo pensamos, cómo interpretamos la información y cómo construimos nuestras creencias.
Son hechos sencillos, casi triviales cuando se formulan, pero juntos conforman un armazón conceptual que rara vez se enseña de manera explícita. Sabemos que una creencia puede ser verdadera o falsa, razonable o disparatada, útil o irrelevante. También entendemos, aunque no siempre con claridad, que la evidencia puede ser fuerte o débil, que puede apoyar una conclusión o socavarla, y que a veces engaña incluso cuando parece impecable. Reconocemos que la percepción, la memoria o el testimonio funcionan de forma desigual según el contexto, y que la confianza subjetiva que sentimos por una idea no garantiza que esté apoyada en buenas razones.
Sin embargo, la mayoría de las personas no domina estos matices de forma consciente ni sistemática, lo que les lleva a confundir categorías distintas como creer, saber, suponer, tener pruebas o simplemente desear que algo sea cierto.
El lenguaje añade todavía más complejidad. Las palabras pueden ser vagas, cambiar de referencia según quién habla y cuándo, presentar casos frontera o expresar intenciones distintas que no siempre detectamos. Ese mosaico lingüístico influye en la solidez de nuestros razonamientos más de lo que admitimos. Muchos debates estancados no se deben a diferencias profundas, sino a que los participantes utilizan términos comunes con significados ligeramente distintos sin advertirlo.
La conclusión del autor es que todo este repertorio de hechos (los doscientos que enumera y muchos otros que podrían añadirse) constituye una especie de infraestructura invisible del pensamiento. Los filósofos la aprenden casi sin querer, de manera acumulativa, al enfrentarse durante años a problemas conceptuales. Para los no filósofos, en cambio, este andamiaje no existe o es muy precario, lo que explica por qué personas inteligentes pueden tropezar con facilidad en supersticiones, conspiraciones, falacias emocionales o confusiones básicas sobre la naturaleza de la evidencia y la fiabilidad de las fuentes.
Divulgar esos fundamentos no resolvería los grandes enigmas filosóficos, pero sí tendría un efecto higiénico profundo. Sería una forma de prevención intelectual que reduciría los errores más comunes, ayudaría a distinguir mejor entre intuición y prueba, entre sentimiento y argumento, entre seguridad psicológica y justificación epistémica.
Igual que la higiene salvó innumerables vidas antes de que la medicina entendiese los microbios, familiarizarnos con estas nociones podría mejorar la salud del debate público y la claridad con la que cada uno interpreta su propio pensamiento aunque aún estemos lejos de alcanzar grandes verdades. philarchive.org/archive/FRAP…
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"En fin, yo escribo porque creo que lo hago mejor que la media. También pienso que soy más listo que la media.
Seguramente esté equivocado. Y quizá por eso sigo escribiendo"
Val está desatado en la newsletter de @Polymatas




















