“Impulsando el pensamiento crítico”. Cuenta2:@MisColumnas Cuenta3:@Math_Physics_1

Ni tan lejos, ni tan cerca...
Joined December 2009
“Mientras muchos buscan dejar un mejor planeta para nuestros hijos, yo me he preocupado de dejar mejores hijos para nuestro planeta”.
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LA SOCIEDAD QUE CONFUNDIÓ LA OPINIÓN CON EL CONOCIMIENTO Hubo un tiempo en que la ignorancia guardaba cierta prudencia. Quien desconocía una materia escuchaba o preguntaba. Hoy, en cambio, la falta de conocimientos no impide dictar sentencia: basta una conexión a internet, unas consignas y la convicción de que pensar consiste en tener algo que decir. La democracia consagró el derecho de todos a expresarnos. Pero de esa igualdad nació una confusión formidable. Que cada ciudadano posea idéntico derecho a opinar no significa que todas las opiniones tengan idéntico fundamento. El voto de un epidemiólogo vale tanto como el de quien jamás abrió un libro de medicina; sus juicios sobre una epidemia no pesan lo mismo ante la evidencia. La opinión es una facultad; el conocimiento, una conquista. La primera puede improvisarse en segundos; el segundo exige estudio, método, contrastación, disciplina y disposición a reconocer errores. Sin embargo, vivimos en un escaparate donde la certeza se premia más que la exactitud y una frase rotunda derrota a una explicación rigurosa. Las redes sociales perfeccionaron este equívoco. Sus algoritmos no fueron concebidos para distinguir lo verdadero de lo falso, sino para capturar atención. Una afirmación escandalosa viaja más deprisa que una rectificación; un insulto reúne más espectadores que una demostración; una falsedad emotiva circula mientras la verdad revisa sus fuentes. La velocidad reemplazó a la reflexión y la popularidad comenzó a disfrazarse de autoridad. En ese mercado de convicciones instantáneas, el especialista debe justificar cada palabra, exhibir antecedentes y admitir incertidumbres. El improvisador, en cambio, goza de una libertad envidiable: no necesita demostrar nada. Cuanto menos sabe, menos obstáculos encuentra para sentirse dueño de la verdad. No porque ignorancia implique arrogancia, sino porque desconocer la complejidad permite imaginarlo todo sencillo. La política ha convertido esta fragilidad en una industria. Donde la realidad demanda presupuestos, plazos y acuerdos, prospera quien ofrece milagros. El diagnóstico cabe en un eslogan; la culpa se atribuye a un enemigo; el remedio se anuncia para mañana. Quien explica las restricciones parece débil. Quien promete lo imposible parece valiente. Y así, la competencia democrática corre el riesgo de transformarse en un concurso de certezas sin respaldo. No se trata de exigir títulos universitarios para participar en la conversación pública. Sería una arrogancia tecnocrática peligrosa. La experiencia cotidiana también enseña; quien padece una política pública posee información que ningún escritorio debería ignorar. Pero escuchar esa experiencia no equivale a convertir toda impresión en prueba ni toda sospecha en diagnóstico. Una ciudadanía madura no renuncia a opinar: aprende a distinguir entre lo que sabe, lo que cree y lo que apenas supone. Pregunta por las fuentes, compara argumentos, sospecha de las explicaciones demasiado cómodas y comprende que cambiar de opinión ante mejores evidencias no constituye una derrota, sino una forma superior de honestidad intelectual. El verdadero peligro no es que los ignorantes hablen. Tienen, por supuesto, todo el derecho. El peligro comienza cuando una sociedad deja de reconocer la diferencia entre hablar y saber; cuando la estridencia sustituye al razonamiento y la reputación del experto vale menos que la popularidad del charlatán. Porque una democracia puede sobrevivir a la discrepancia, incluso necesita de ella. Lo que difícilmente puede permitirse es convertir la ignorancia en virtud, la duda en debilidad y el conocimiento en una simple opinión. Entonces ya no discutimos para comprender la realidad: competimos por imponer nuestra voz. Y cuando todos se proclaman maestros, los primeros expulsados de la sala suelen ser: el aprendizaje y el conocimiento. @MisColumnas
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No se lo mandaron a decir con nadie. “Fuerza chilenos, esto lo vamos a tener que vencer y Kast se va a tener que ir”.
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No le han tomado el peso a este tema… @MinistroRabat supongo que ya presentó su renuncia…o ¿el presidente @PresidenteKast aún no se la pide?
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LOS CELOS DE JOSÉ Y EL FANTASMA DE GABRIEL Chile era una mujer singular. Delgada entre la cordillera y el Pacífico, sabía que el amor, como los terremotos, podía derrumbar una casa. Durante diecisiete años soportó a un hombre autoritario que confundía la convivencia con la obediencia. Llamaba orden al miedo. Cuando finalmente consiguió librarse de él, juró que nunca más entregaría las llaves de su casa a quien pretendiera ser su dueño. Volvió entonces a encontrarse con Patricio, un antiguo afecto de modales prudentes. Fue un romance de reconstrucción: abrir puertas y volver a conversar sin susurrar. Después llegó Eduardo, más solemne, con quien alternó ilusiones y desencuentros. Y más tarde Ricardo, que le ofreció estabilidad, aunque dejó cuentas pendientes. Tras aquello, Chile decidió que quizá no necesitaba otro galán para seguir adelante. Se apoyó en Michelle, una amiga y consejera inteligente y tenaz, que terminó acompañándola en dos etapas distintas de su vida. Compartieron la responsabilidad de una casa difícil. Pero apareció Sebastián. Venía del mundo de los negocios, exhibía fortuna, hablaba de eficiencia y prometía administrar el hogar como una empresa exitosa. Chile le abrió la puerta. Luego volvió a abrírsela. Dos oportunidades: a veces confundía esperanza con reincidencia. La segunda despedida fue particularmente amarga: la casa había sufrido un estallido y nadie concordaba sobre quién encendió la mecha. Entonces conoció a Gabriel. Era joven, idealista, desordenado en ocasiones y convencido de que la casa necesitaba reformas profundas. Chile aceptó intentarlo. Hubo entusiasmo, tropiezos, promesas y discusiones. Unos vecinos lo detestaban; otros lo amaban y recordaban las grietas que ya tenía la vivienda. Mientras tanto, José esperaba. Con la paciencia de quien no acepta un rechazo, confundía la perseverancia con un derecho adquirido. José llevaba décadas enamorado de Chile, o al menos de la idea que tenía de ella. Se proclamaba firme, tradicional e infalible. Cada vez que Chile discutía con algún novio, él aparecía con flores, advertencias y un inventario minucioso de los defectos ajenos. Cortejaba hablando más de los otros que de ella. Con Gabriel desarrolló una fijación extraordinaria. Si Gabriel cambiaba una ampolleta, José denunciaba el gasto. Si no la cambiaba, denunciaba la oscuridad. Si llovía, era culpa de Gabriel; si salía el sol, José anunciaba que con él habría amanecido antes. Finalmente Chile aceptó su propuesta. José entró triunfante, convencido de que por fin había llegado su hora. Tenía las llaves y la oportunidad de cumplir lo prometido. Pero apareció un inconveniente: Gabriel se había marchado de la casa, aunque José seguía invitándolo a todas las conversaciones. Al desayuno preguntaba si el café estaba mejor que con Gabriel. Al almuerzo comparaba las cuentas. Por la noche exigía reconocimiento por haber cerrado una ventana que, según él, Gabriel habría dejado abierta. Hasta las goteras le recordaban al antecesor. Parecía menos interesado en construir una vida con Chile que en ganarle una discusión a un hombre ausente. Chile comenzó a sospechar que José no estaba enamorado de ella, sino de la oportunidad de derrotar retrospectivamente a Gabriel. Había conquistado el presente, pero seguía durmiendo abrazado al pasado. Y así, mientras José conducía mirando obsesivamente el retrovisor, Chile observaba el parabrisas. A veces, para chocar basta con no mirar hacia delante. La historia todavía no termina. Pero José haría bien en comprender que una mujer no elige pareja para escuchar eternamente cuánto peor era su ex. Y que si insiste en convertir cada día en un plebiscito contra Gabriel, Chile podría terminar dándole una buena patada. Pepe, supéralo. El fantasma no vive en la casa, tú lo llevas a la cama. @MisColumnas
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LAS RABIETAS DEL NIÑO En el Pacífico ocurre, cada cierto tiempo, una revolución silenciosa. No se ve desde la costa y, sin embargo, puede transformar la lluvia en diluvio, la tierra fértil en sequedal y un bosque en una hoguera. Se llama “El Niño”, y nos recuerda que el clima del planeta es un diálogo entre mar y atmósfera. Aunque suele llamárselo corriente, El Niño es la fase cálida de un fenómeno mayor: El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Su nombre nació entre pescadores peruanos que advertían, cerca de Navidad, la llegada de aguas inusualmente tibias; de allí la referencia al Niño Jesús. Para comprenderlo hay que viajar al Pacífico ecuatorial. Normalmente, los vientos alisios (corrientes de aire constantes y regulares que soplan en las regiones tropicales y subtropicales de la Tierra), empujan las aguas cálidas hacia Indonesia y Australia. Frente a Perú y Ecuador asciende agua fría, profunda y cargada de nutrientes, alimento de una riqueza pesquera. Pero cuando aquellos vientos se debilitan, el calor se desplaza hacia el centro y oriente del océano. Disminuye el afloramiento de aguas frías y cambia la circulación atmosférica. Los vientos despiertan al océano y el océano responde transformando los cielos. Este vaivén, que reaparece cada dos a siete años, puede durar muchos meses. Su fase opuesta, La Niña, enfría el Pacífico tropical. Ambas modifican probabilidades, no dictan destinos: ningún océano promete una tormenta sobre una ciudad. Sus consecuencias parecen escritas con tinta contradictoria. Ecuador y el norte peruano pueden padecer lluvias torrenciales y aluviones; Colombia y sectores del norte brasileño, sequías. En Paraguay, Uruguay, el nordeste argentino y el sur de Brasil suelen aumentar las precipitaciones y las crecidas. Bolivia responde de manera desigual. Al otro extremo del Pacífico, Indonesia y Australia pueden sufrir escasez de agua e incendios. Chile conoce especialmente bien sus dos rostros. En invierno, El Niño puede abrir paso a sistemas frontales sobre la zona central: recargar embalses, vestir de nieve los Andes y aliviar la sed de los campos. Pero la misma lluvia puede desbordar ríos, cortar caminos y arrasar poblaciones. En el norte, las aguas cálidas perturban los ecosistemas marinos y la distribución de especies; en el sur, las señales son menos uniformes. Y después llega el verano. En ciertas configuraciones de El Niño aumentan las probabilidades de jornadas excepcionalmente cálidas, sobre todo en el norte y los valles centrales. No es una ley infalible, pero sí un riesgo que exige vigilancia. El calor persistente seca la vegetación, reduce su humedad, y combinado con viento, contribuye a la propagación de incendios forestales. Aquí aparece una ironía de la naturaleza: un invierno generoso en agua y una primavera exuberante pueden multiplicar pastos y matorrales. Meses después, bajo el sol estival, esa abundancia se convierte en combustible. El Niño no enciende los bosques; puede, sin embargo, ayudar a preparar el escenario donde el fuego encuentra su camino. La economía también escucha al océano. Cambian las capturas pesqueras, se pierden cosechas, sufren las exportaciones, aumentan los costos de energía, alimentos, seguros y reconstrucción. Para las familias, deja de ser una curva meteorológica cuando amenaza el empleo, el agua potable o el techo de sus casas. Además, al liberar calor hacia la atmósfera, los episodios intensos pueden elevar temporalmente la temperatura media global y alterar patrones de tormentas. No son la causa del calentamiento climático de origen humano, pero ambos fenómenos pueden superponerse y agravar sus efectos. El Niño enseña una verdad incómoda: la naturaleza no negocia con fronteras ni presupuestos. Podemos medir el océano, anticipar riesgos, proteger cuencas y ordenar nuestras ciudades. Lo que no podemos permitirnos es confundir un fenómeno natural con una tragedia inevitable. La diferencia, una vez más, se llama prevención. @MisColumnas
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VALE LA PENA RECORDAR Villegas no es santo de mi devoción, pero en esta tiene toda la razón…la derecha son un grupo de ignorantes, gente básica y precaria…y peor aún, los desclasados que creen pertenecer a esa casta ignorante.
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Pasó Anita Tijoux, y dijo: Que pena…
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Squella ha quedado de idiota cada semana desde el 11 de marzo. Tiene un talento superlativo para hacer declaraciones estúpidas.
Timonel republicano se disculpa con la UDI y Hernán Larraín cooperativa.cl/noticias/pais…
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Recién titulada, un sueldo de hasta $3,6 millones y amiga de la hija del ministro de Justicia, Fernando Rabat. Ahora sabemos que Trinidad Zegers también revisa solicitudes de rebaja de condena. ¿Talento o privilegios? ¿Y tú qué opinas?
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Argentina, entre el autoritarismo y el totalitarismo. En corto andar van a torturar y desaparecer periodistas. Saquen a ese imbécil…está destruyendo Argentina.
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VALE LA PENA RECORDAR Villegas no es santo de mi devoción, pero en esta tiene toda la razón…la derecha son un grupo de ignorantes, gente básica y precaria…y peor aún, los desclasados que creen pertenecer a esa casta ignorante.
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EL PAYASO QUE ARGENTINA NO MERECE La diplomacia argentina parece haber incorporado una extravagante partida presupuestaria: financiar los viajes de un presidente que confunde los encuentros internacionales con audiciones para un circo. Javier Milei no necesita que sus adversarios lo ridiculicen. Se basta solo. Cree que cuanto más grita, más inteligente parece. En España volvió a exhibir su repertorio de descalificaciones contra el gobierno, su presidente y periodistas. No discutió únicamente ideas: convirtió la discrepancia en una ocasión para despreciar personas. Su ideología es legítima; su incapacidad para distinguir la libertad de expresión de la ordinariez, no. Hay una forma de estupidez particularmente costosa: aquella que se ejerce con atribuciones presidenciales. Una impertinencia privada provoca vergüenza ajena; pronunciada desde la jefatura del Estado puede deteriorar relaciones, cerrar conversaciones y sembrar dudas sobre la previsibilidad de un gobierno. Milei parece convencido de que cada insulto constituye una victoria. Nunca calcula quién paga la cuenta. La paga Argentina. La pagan sus empresarios al explicar que el país es más serio que sus exabruptos. La pagan sus diplomáticos cuando intentan reconstruir la confianza que su jefe pulveriza en un micrófono. Y sus ciudadanos, reducidos a los berrinches de un hombre incapaz de administrar su soberbia. El contraste económico es casi una pieza de humor negro. Milei promete convertir Argentina en un destino irresistible para los capitales, pero se presenta ante el mundo como un gobernante que disfruta enemistándose con sus interlocutores. ¿Qué inversionista no evaluaría el riesgo político de un país cuyo presidente trata el desacuerdo como una ofensa personal? El capital no exige simpatía; exige reglas estables, instituciones confiables y horizontes previsibles. La agresividad no demuestra que falten, pero tampoco ayuda a convencer de que existen. Las inversiones no se consiguen a gritos. No basta con repetir «libertad» mientras se transforma cada conferencia en un tribunal de injurias. Ni presentando la grosería como autenticidad. El mundo financiero sabe distinguir entre un reformador decidido y un dirigente que convierte su temperamento en una variable adicional de riesgo. Y aquí aparece la humillación más injusta: millones de argentinos trabajan, investigan, emprenden, enseñan y crean, mientras su presidente exporta una caricatura que ninguno de ellos merece. Argentina produjo científicos, escritores y empresarios admirables. No debería necesitar un traductor diplomático que explique que su jefe de Estado no representa el nivel intelectual de su pueblo. La política exterior no es una sección de comentarios en redes sociales. Lula, Boric o Sánchez pueden ser adversarios ideológicos; sus países, sin embargo, seguirán siendo vecinos, socios y mercados cuando el aplauso de los fanáticos se haya extinguido. Despreciarlos no es independencia: es confundir la autonomía con la soledad y la firmeza con la mala educación. Lo más triste es la ovación doméstica que celebra cada insolencia como una hazaña. El fanático aplaude el golpe verbal; el estadista calcula sus consecuencias. Uno colecciona enemigos imaginarios. El otro necesita interlocutores reales. Uno gana tendencias; el otro, oportunidades. Milei puede seguir creyéndose el protagonista de una epopeya contra el mundo. Pero el respeto internacional no se obtiene insultando y la credibilidad no nace de una rabieta. Un presidente sin capacidad de diálogo no inspira temor reverencial: inspira cautela, cansancio y, a veces, risa. El verdadero drama no es que el payaso ocupe el escenario. Es que, cuando termina la función y se apagan las luces, la cuenta queda a nombre de cuarenta y tantos millones de argentinos. Y nadie les devuelve el prestigio perdido. @MisColumnas
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LAS RABIETAS DEL NIÑO En el Pacífico ocurre, cada cierto tiempo, una revolución silenciosa. No se ve desde la costa y, sin embargo, puede transformar la lluvia en diluvio, la tierra fértil en sequedal y un bosque en una hoguera. Se llama “El Niño”, y nos recuerda que el clima del planeta es un diálogo entre mar y atmósfera. Aunque suele llamárselo corriente, El Niño es la fase cálida de un fenómeno mayor: El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Su nombre nació entre pescadores peruanos que advertían, cerca de Navidad, la llegada de aguas inusualmente tibias; de allí la referencia al Niño Jesús. Para comprenderlo hay que viajar al Pacífico ecuatorial. Normalmente, los vientos alisios (corrientes de aire constantes y regulares que soplan en las regiones tropicales y subtropicales de la Tierra), empujan las aguas cálidas hacia Indonesia y Australia. Frente a Perú y Ecuador asciende agua fría, profunda y cargada de nutrientes, alimento de una riqueza pesquera. Pero cuando aquellos vientos se debilitan, el calor se desplaza hacia el centro y oriente del océano. Disminuye el afloramiento de aguas frías y cambia la circulación atmosférica. Los vientos despiertan al océano y el océano responde transformando los cielos. Este vaivén, que reaparece cada dos a siete años, puede durar muchos meses. Su fase opuesta, La Niña, enfría el Pacífico tropical. Ambas modifican probabilidades, no dictan destinos: ningún océano promete una tormenta sobre una ciudad. Sus consecuencias parecen escritas con tinta contradictoria. Ecuador y el norte peruano pueden padecer lluvias torrenciales y aluviones; Colombia y sectores del norte brasileño, sequías. En Paraguay, Uruguay, el nordeste argentino y el sur de Brasil suelen aumentar las precipitaciones y las crecidas. Bolivia responde de manera desigual. Al otro extremo del Pacífico, Indonesia y Australia pueden sufrir escasez de agua e incendios. Chile conoce especialmente bien sus dos rostros. En invierno, El Niño puede abrir paso a sistemas frontales sobre la zona central: recargar embalses, vestir de nieve los Andes y aliviar la sed de los campos. Pero la misma lluvia puede desbordar ríos, cortar caminos y arrasar poblaciones. En el norte, las aguas cálidas perturban los ecosistemas marinos y la distribución de especies; en el sur, las señales son menos uniformes. Y después llega el verano. En ciertas configuraciones de El Niño aumentan las probabilidades de jornadas excepcionalmente cálidas, sobre todo en el norte y los valles centrales. No es una ley infalible, pero sí un riesgo que exige vigilancia. El calor persistente seca la vegetación, reduce su humedad, y combinado con viento, contribuye a la propagación de incendios forestales. Aquí aparece una ironía de la naturaleza: un invierno generoso en agua y una primavera exuberante pueden multiplicar pastos y matorrales. Meses después, bajo el sol estival, esa abundancia se convierte en combustible. El Niño no enciende los bosques; puede, sin embargo, ayudar a preparar el escenario donde el fuego encuentra su camino. La economía también escucha al océano. Cambian las capturas pesqueras, se pierden cosechas, sufren las exportaciones, aumentan los costos de energía, alimentos, seguros y reconstrucción. Para las familias, deja de ser una curva meteorológica cuando amenaza el empleo, el agua potable o el techo de sus casas. Además, al liberar calor hacia la atmósfera, los episodios intensos pueden elevar temporalmente la temperatura media global y alterar patrones de tormentas. No son la causa del calentamiento climático de origen humano, pero ambos fenómenos pueden superponerse y agravar sus efectos. El Niño enseña una verdad incómoda: la naturaleza no negocia con fronteras ni presupuestos. Podemos medir el océano, anticipar riesgos, proteger cuencas y ordenar nuestras ciudades. Lo que no podemos permitirnos es confundir un fenómeno natural con una tragedia inevitable. La diferencia, una vez más, se llama prevención. @MisColumnas
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EL PRESIDENTE ES EL ESPEJO El mandatario de turno es el reflejo del tipo de sociedad que lo eligió. Hay sociedades que cansadas o incapaces de pensar, prefieren elegir un animador con banda presidencial. Confunden firmeza con grosería y autoridad con abuso. Basta con que grite lo suficientemente fuerte para que algunos confundan los decibeles con las ideas. Esa es la propuesta de varios que hoy llevan las riendas en países como Argentina, Estados Unidos y otros ya conocidos. La democracia tiene una virtud incómoda: no siempre premia al mejor. Bien lo sabemos, basta mirar a la Moneda hoy en día. A veces consagra al que mejor interpreta los prejuicios, los miedos y esa secreta fascinación por ver a alguien humillar en público a quien se detesta en privado. La urna no certifica sabiduría; cuenta preferencias. Creímos que la educación y la historia nos inmunizarían contra el caudillismo. Entonces llegaron las redes sociales y descubrimos que una biblioteca infinita también puede utilizarse para compartir estupideces a velocidad industrial. El algoritmo no pregunta si algo es verdadero: pregunta si nos enfurece lo suficiente como para seguir mirando. En ese mercado, el político autoritario ofrece un producto extraordinariamente simple: culpables. Si falta empleo, culpa al extranjero. Si crece la inseguridad, a los jueces. Si la economía tropieza, culpa al gobierno anterior. Si aparece una contradicción, culpará a la prensa. Y si los hechos desmienten al líder, peor para los hechos. Así, toda pregunta es conspirativa. Una parte de la derecha contemporánea ha perfeccionado esta fórmula con admirable eficiencia comercial. Vende nostalgia como programa, resentimiento como identidad y agresividad como arrojo. No necesita saber administrar: basta prometer castigo a los enemigos. La crueldad deja de ser un defecto de carácter para convertirse en una credencial electoral. Pero sería demasiado cómodo atribuir el fenómeno a una sola familia política. El autoritarismo también ha vestido uniformes revolucionarios, ha hablado en nombre del pueblo y ha encarcelado a ese mismo pueblo cuando dejó de aplaudir. La tentación de sustituir instituciones por salvadores no reconoce monopolios ideológicos. El auge actual de ciertas derechas no absuelve otras trincheras. La pregunta incómoda, entonces, no es únicamente qué clase de presidente llegó al poder, sino qué clase de ciudadanía encontró atractivas sus peores cualidades. ¿Desde cuándo insultar demuestra valentía? ¿En qué momento desconocer un dato pasó a ser señal de autenticidad? ¿Por qué la falta de modales se celebra como independencia y la ignorancia se presenta como una saludable distancia de las élites? Quizás porque el líder no inventa todos esos impulsos: los legitima. Autoriza a decir en voz alta lo que antes provocaba vergüenza. Convierte el desprecio en lenguaje oficial y la intolerancia en pertenencia. El ciudadano no siempre vota por un proyecto; a veces vota por el permiso de dejar de disimular. Por supuesto, ningún mandatario representa moralmente a todos sus compatriotas. Hay votos resignados, alianzas tácticas, abstenciones y minorías que resisten. Reducir una nación entera al temperamento de su gobernante sería cometer la misma simplificación que criticamos. Pero tampoco corresponde fingir que los líderes caen del cielo, enviados por una empresa de delivery ideológico. Surgen de una cultura política que los tolera, de partidos que los habilitan, de medios que los amplifican y de electores que, con distintos grados de entusiasmo, les entregan poder. Y cuando el escándalo deja de escandalizar, el problema ya no reside solamente en el palacio: también habita en la plaza. Tal vez por eso el retrato presidencial más revelador no está colgado en un salón de gobierno. Está frente a nosotros, en el espejo colectivo. Y la pregunta decisiva no es cuánto se parece el presidente a su pueblo, sino cuánto está dispuesto ese pueblo a parecerse a su presidente. @MisColumnas
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A PESAR DE TODO… Kast pudo ser elegido a pesar de sus mentiras y engaños. Kast podrá tal vez terminar su período de cuatro años. Kast podrá vivir en La Moneda. Kast se llena de la investidura presidencial. Kast podrá desfilar en el Galaxy. Kast puede viajar representando a Chile. Kast puede volar en el avión presidencial. Kast puede ser recibido con honores. Kast pudo usar la banda tricolor. Kast podrá sentarse en el sillón de los presidentes. Pero todo, y a pesar de todo, siempre será considerado el pelotudo más grande que pasó por ese cargo, y así será recordado. Triste.
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Doble estándar. Hace una semana un ministro chileno señaló que el presidente argentino estaba cada vez más loco y fue casi un conflicto bilateral con el país vecino, lo que las propias autoridades transandinas reclamaron con indignación. Ayer, Milei llegó a España e insultó en cada intervención al presidente del país Ibérico y a periodistas con expresiones grotescas. Creo que el @MinistroPoduje se quedó muy corto…
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UN VOCERO SIN DERECHO A EQUIVOCARSE El gobierno ya no tiene crédito para más torpezas. La Moneda acaba de contratar una voz para apagar incendios comunicacionales. La curiosidad es que su nuevo propietario tiene antecedentes de haber jugado con fósforos. Gonzalo Arenas llega a la vocería del gobierno de José Antonio Kast con títulos respetables y episodios públicos menos discretos. Abogado, doctor en Historia, exdiputado y exdecano universitario, Arenas no es un improvisado en política. Por eso, sus desbordes merecen escrutinio. La experiencia no exime de prudencia; más bien aumenta la obligación de practicarla. En agosto de 2009, durante una interpelación al ministro Edmundo Pérez Yoma, el entonces parlamentario protagonizó un altercado que incluyó documentos lanzados hacia la autoridad. Singular manera de defender el debate republicano: convertir el Congreso en una competencia de lanzamiento de papeles. En 2012 llamó «pulmones vírgenes» a dirigentes de la Confech, insinuando que jamás habían trabajado. Y en 2013, indignado por una resolución judicial, escribió: «Requisito para ser juez: ser imbécil». La Asociación Nacional de Magistrados reprochó aquellas expresiones. No eran travesuras juveniles: Arenas ya era un representante elegido para ejercer responsabilidades públicas. Ahora cambia de escenario. Ya no tendrá el privilegio de hablar únicamente a nombre propio, ni de esperar que una frase desafortunada se olvide. Cada palabra podrá comprometer al Ejecutivo, tensar relaciones institucionales o exigir explicaciones a otros ministros. El vocero no está para ganar discusiones de sobremesa, sino para informar con precisión incluso cuando la pregunta incomoda. Tampoco recibe una ciudadanía especialmente generosa en paciencia. La cuestionada y mediocre gestión comunicacional de Mara Sedini y las dificultades del precario esquema encabezado por Claudio Alvarado, dejaron una vara peculiar: no basta con hablar mejor que antes; hay que recuperar credibilidad. Cambiar el micrófono no responde las preguntas pendientes. Hay una ironía adicional. Arenas anunció en su debut que no pretende una «guerrilla comunicacional» y que aspira a un estilo pedagógico. Bienvenido sea el propósito. Sin embargo, la pedagogía exige escuchar, reconocer lo que se ignora y distinguir un dato de una consigna. No consiste en explicar con solemnidad aquello que todavía no se ha entendido. La contingencia lo obligará a pronunciarse sobre economía, seguridad, educación, justicia y conflictos sociales, materias donde ningún doctorado concede omnisciencia. Su prueba no será responderlo todo, sino saber cuándo consultar, cuándo rectificar y cuándo decir sencillamente «no tengo esa información». Tres ejercicios de modestia que la política suele considerar deportes extremos. Sería injusto afirmar que repetirá necesariamente sus exabruptos. Las personas pueden cambiar, y aprender con los años. Pero también sería ingenuo exigir a la ciudadanía que olvide sus antecedentes porque ahora tenga un atril oficial en el pórtico de la casa de gobierno. Arenas pidió ser parte de las decisiones políticas y no apenas su narrador. Eso aumenta su responsabilidad: si conoce la cocina, no podrá culpar siempre al mozo cuando el plato llegue frío. Y si desconoce una materia, tendrá que estudiarla antes de vestir la incertidumbre con seguridad teatral. La paciencia ciudadana no se renueva con cada nombramiento. Se consume con cada evasiva, cada explicación precaria y cada gesto de superioridad frente a preguntas legítimas. Por eso, el nuevo vocero parte con una tolerancia estrecha: no como condena anticipada, sino como consecuencia del desgaste acumulado. En La Moneda confían en que Arenas ordene las palabras. La verdadera incógnita es si conseguirá ordenar primero sus impulsos. Porque en política una mecha corta puede encenderse en segundos; y cuando el incendio comienza en la vocería, no hay comunicado que devuelva intacto el silencio. @MisColumnas
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SU CEREBRO INVENTA LO QUE USTED ESTÁ VIENDO Abra los ojos y mire alrededor. Una mesa, una ventana, un rostro, colores, distancias, movimiento. Todo parece llegar hasta nosotros como una película transmitida directamente desde el exterior. Creemos estar viendo el mundo tal como es. Pero sus ojos no funcionan como cámaras y su cerebro tampoco como una pantalla. Lo que usted está viendo es, en buena medida, una construcción. Comencemos por una pequeña anomalía. Cada uno de nuestros ojos posee un punto ciego: el lugar de la retina por donde sale el nervio óptico carece de fotorreceptores. Allí, literalmente, no vemos nada. Sin embargo, nadie camina por la vida con dos agujeros negros flotando en el paisaje. El cerebro los rellena. Utiliza la información circundante y la del otro ojo para construir aquello que probablemente debería estar allí. No nos avisa. No aparece un cartel diciendo “imagen reconstruida”. Simplemente fabrica continuidad y nosotros la aceptamos como realidad. Y no es la única intervención. El color tampoco viene pegado a los objetos. Una manzana no contiene “rojo” del modo en que contiene átomos. Su superficie refleja determinadas distribuciones de longitudes de onda; nuestros fotorreceptores responden a ellas y el sistema visual genera la experiencia que llamamos rojo. Otros animales, con receptores diferentes, habitan mundos cromáticos distintos. La profundidad también requiere interpretación. Cada retina recibe una imagen bidimensional. El cerebro compara pequeñas diferencias entre ambos ojos, analiza perspectiva, sombras, tamaño relativo, movimiento y experiencia previa, y así construye la sensación de un espacio tridimensional. Vemos profundidad porque el cerebro la calcula. Incluso el movimiento continuo es una elaboración. Nuestros ojos realizan pequeños saltos llamados movimientos sacádicos varias veces por segundo. Durante ellos, la información visual se modifica y el cerebro reduce nuestra percepción de esas interrupciones. Si experimentáramos crudamente todo lo que llega a la retina, el mundo sería bastante menos estable. Por eso las ilusiones ópticas son tan reveladoras. No demuestran que el cerebro funcione mal. Demuestran cómo funciona. Una sombra puede hacer que dos tonos idénticos parezcan diferentes. Dos líneas iguales pueden parecernos de distinta longitud. Una figura inmóvil puede aparentar movimiento. El cerebro no espera pasivamente los datos: utiliza contexto, memoria y expectativas para inferir qué está ocurriendo. Y normalmente acierta. Eso es lo extraordinario. Durante millones de años, la evolución no necesitó construir un instrumento dedicado a revelar la realidad física en toda su pureza. Necesitó un sistema suficientemente rápido y eficaz para distinguir alimento de veneno, precipicio de camino, amenaza de refugio y amigo de enemigo. Ver no consiste simplemente en recibir. Consiste en interpretar. Por supuesto, esto no significa que el mundo exterior sea una fantasía ni que podamos inventarlo a voluntad. Hay una realidad independiente que impone límites brutales a nuestras interpretaciones: si confundimos una pared con una puerta, será la pared la que termine la discusión. Pero entre esa realidad y nuestra conciencia existe una formidable maquinaria biológica. La luz llega al ojo. La retina transforma señales. El cerebro compara, selecciona, completa, corrige, anticipa e interpreta. Y recién entonces aparece ante nosotros ese mundo sólido, coloreado, continuo y aparentemente inmediato que llamamos realidad. Quizás por eso deberíamos desconfiar un poco de una frase que pronunciamos con enorme seguridad: “Lo vi con mis propios ojos”. Sí. Pero fueron sus ojos quienes recibieron las señales. Quien decidió qué significaban fue su cerebro. Porque no vemos exactamente la realidad. Vemos la mejor hipótesis que nuestro cerebro consigue construir sobre ella. @MisColumnas
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EL UNIVERSO QUE LLEVAMOS DENTRO Estimado lector, usted atraviesa la vida llevando consigo una proeza de ingeniería que ningún laboratorio ha logrado reproducir: una metrópolis de células, conductos, motores, sensores y laboratorios químicos. Una civilización microscópica que trabaja día y noche sin solicitar instrucciones. Comencemos por sus cimientos. Nacemos con unos 270 huesos; al crecer, varios se fusionan y el adulto suele conservar 206. El fémur es el más largo; el estribo, oculto en el oído medio, apenas alcanza tres milímetros. Las dos manos reúnen 54 huesos y los pies otros 52: más de la mitad del esqueleto se concentra en nuestras extremidades. Sobre esa arquitectura actúan más de 600 músculos esqueléticos, según la clasificación empleada. El glúteo mayor figura entre los más voluminosos; el estapedio, también en el oído medio, dentro de la cavidad timpánica, entre los más pequeños, desde 1 a 6 milímetros. Y cuando el sueño nos vence, el diafragma continúa su oficio silencioso: sostener cada respiración. Nuestra dentadura definitiva suele contar con 32 dientes, incluidas las muelas del juicio, aunque muchos adultos tienen 28. Los reviste el esmalte, el tejido más mineralizado del organismo: una armadura formidable que, a diferencia del hueso, no sabe regenerarse. Por nuestras arterias y venas circulan alrededor de cinco litros de sangre. Allí viajan unos 25 billones de glóbulos rojos, mensajeros del oxígeno cuya existencia ronda los 120 días. En un solo microlitro caben aproximadamente cinco millones. Los glóbulos blancos, centinelas inmunológicos, suelen oscilar entre 4.000 y 11.000 por microlitro; las plaquetas, reparadoras de nuestras heridas, entre 150.000 y 400.000. ¿Y cuánto miden las rutas de esta ciudad? Arterias, venas y, principalmente, capilares forman una red colosal. Quizá haya usted escuchado la famosa cifra de 100.000 kilómetros, pero procede de cálculos discutibles; otras estimaciones apuntan a miles o decenas de miles. La anatomía no necesita exageraciones para deslumbrar, pero la cantidad es sideral. El corazón, apenas mayor que un puño cerrado, late cerca de 100.000 veces diarias y moviliza unos 7.000 litros de sangre en reposo. Los pulmones alojan cientos de millones de alvéolos: diminutas estaciones donde el oxígeno ingresa a la sangre y el dióxido de carbono emprende su salida. El intestino delgado mide aproximadamente entre tres y cinco metros en el organismo vivo; el grueso, alrededor de metro y medio. Pliegues y vellosidades multiplican la superficie que absorbe nutrientes. El hígado, con cerca de kilo y medio, procesa sustancias, almacena energía y fabrica proteínas indispensables. Los riñones filtran unos 180 litros de líquido cada día y recuperan casi todo: una prodigiosa economía del agua, digna de la más sofisticada planta de reciclaje. La piel, nuestra frontera con el mundo, despliega entre 1,5 y 2 metros cuadrados. Sus folículos y glándulas participan en una vigilancia permanente de la temperatura y la humedad. Nos protege del exterior, percibe caricias, registra heridas y se renueva sin descanso: es una frontera que también siente. Y presidiendo este concierto está el cerebro: cerca de 1,4 kilos y unos 86.000 millones de neuronas enlazadas mediante billones de conexiones. Los ojos distinguen millones de tonalidades; los oídos convierten vibraciones en señales que reconocemos como voces, música o alarmas. El cerebro consume alrededor del 20% de la energía corporal en reposo y, en una ironía exquisita, su propio tejido carece de receptores del dolor. Mientras usted lee, unas células desaparecen y otras nacen; músculos, nervios y química sanguínea coordinan cada inspiración; el corazón mantiene órganos que jamás contemplaremos directamente. Lo extraordinario no es que semejante maquinaria pueda fallar. El auténtico milagro es que tantas piezas, trabajando a la vez, consigan sostenernos durante décadas sin exigirnos siquiera que pensemos en ellas. @MisColumnas
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