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UN VOCERO SIN DERECHO A EQUIVOCARSE
El gobierno ya no tiene crédito para más torpezas.
La Moneda acaba de contratar una voz para apagar incendios comunicacionales. La curiosidad es que su nuevo propietario tiene antecedentes de haber jugado con fósforos. Gonzalo Arenas llega a la vocería del gobierno de José Antonio Kast con títulos respetables y episodios públicos menos discretos.
Abogado, doctor en Historia, exdiputado y exdecano universitario, Arenas no es un improvisado en política. Por eso, sus desbordes merecen escrutinio. La experiencia no exime de prudencia; más bien aumenta la obligación de practicarla.
En agosto de 2009, durante una interpelación al ministro Edmundo Pérez Yoma, el entonces parlamentario protagonizó un altercado que incluyó documentos lanzados hacia la autoridad. Singular manera de defender el debate republicano: convertir el Congreso en una competencia de lanzamiento de papeles.
En 2012 llamó «pulmones vírgenes» a dirigentes de la Confech, insinuando que jamás habían trabajado. Y en 2013, indignado por una resolución judicial, escribió: «Requisito para ser juez: ser imbécil». La Asociación Nacional de Magistrados reprochó aquellas expresiones. No eran travesuras juveniles: Arenas ya era un representante elegido para ejercer responsabilidades públicas.
Ahora cambia de escenario. Ya no tendrá el privilegio de hablar únicamente a nombre propio, ni de esperar que una frase desafortunada se olvide. Cada palabra podrá comprometer al Ejecutivo, tensar relaciones institucionales o exigir explicaciones a otros ministros. El vocero no está para ganar discusiones de sobremesa, sino para informar con precisión incluso cuando la pregunta incomoda.
Tampoco recibe una ciudadanía especialmente generosa en paciencia. La cuestionada y mediocre gestión comunicacional de Mara Sedini y las dificultades del precario esquema encabezado por Claudio Alvarado, dejaron una vara peculiar: no basta con hablar mejor que antes; hay que recuperar credibilidad. Cambiar el micrófono no responde las preguntas pendientes.
Hay una ironía adicional. Arenas anunció en su debut que no pretende una «guerrilla comunicacional» y que aspira a un estilo pedagógico. Bienvenido sea el propósito. Sin embargo, la pedagogía exige escuchar, reconocer lo que se ignora y distinguir un dato de una consigna. No consiste en explicar con solemnidad aquello que todavía no se ha entendido.
La contingencia lo obligará a pronunciarse sobre economía, seguridad, educación, justicia y conflictos sociales, materias donde ningún doctorado concede omnisciencia. Su prueba no será responderlo todo, sino saber cuándo consultar, cuándo rectificar y cuándo decir sencillamente «no tengo esa información». Tres ejercicios de modestia que la política suele considerar deportes extremos.
Sería injusto afirmar que repetirá necesariamente sus exabruptos. Las personas pueden cambiar, y aprender con los años. Pero también sería ingenuo exigir a la ciudadanía que olvide sus antecedentes porque ahora tenga un atril oficial en el pórtico de la casa de gobierno.
Arenas pidió ser parte de las decisiones políticas y no apenas su narrador. Eso aumenta su responsabilidad: si conoce la cocina, no podrá culpar siempre al mozo cuando el plato llegue frío. Y si desconoce una materia, tendrá que estudiarla antes de vestir la incertidumbre con seguridad teatral.
La paciencia ciudadana no se renueva con cada nombramiento. Se consume con cada evasiva, cada explicación precaria y cada gesto de superioridad frente a preguntas legítimas. Por eso, el nuevo vocero parte con una tolerancia estrecha: no como condena anticipada, sino como consecuencia del desgaste acumulado.
En La Moneda confían en que Arenas ordene las palabras. La verdadera incógnita es si conseguirá ordenar primero sus impulsos. Porque en política una mecha corta puede encenderse en segundos; y cuando el incendio comienza en la vocería, no hay comunicado que devuelva intacto el silencio.
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EL VOTO PRESTADO NO ES UN CHEQUE EN BLANCO
Lo que revelan las encuestas.
Una victoria electoral que parezca una declaración de amor, es en realidad, un matrimonio de conveniencia. La segunda vuelta presidencial chilena dejó una pregunta fundamental: ¿cuántos votaron por José Antonio Kast y cuántos lo hicieron, sencillamente, para impedir que ganara Jeannette Jara?
En primera vuelta, Kast reunió el 23,95% de los votos válidos. En segunda alcanzó el 58,2%. Fue una coalición más amplia que su núcleo original. Allí convivieron republicanos convencidos, votantes de otras derechas, electores de centro y ciudadanos para quienes la militancia comunista de Jara constituyó una barrera insalvable. No olvidemos además, que la suma de votos blancos y nulos llegó casi a 950.000 sufragios, lo que nos dió una premonitoria señal de que no habría luna de miel.
La diferencia de 34,25 puntos no mide exactamente los votos «prestados». Cambió la participación. Pero la conclusión política permanece: una parte sustantiva de aquella mayoría no pertenecía al electorado propio del presidente, ni por lejos.
Y el préstamo, a diferencia de una donación, tiene condiciones. Nadie puede reclamar como patrimonio personal los sufragios que recibió por descarte.
La encuesta Criteria del 11 de octubre registró un 27% de aprobación y un 64% de desaprobación presidencial. Además, un 82% evaluó al Gobierno por debajo de sus expectativas. Las mayores caídas de apoyo aparecieron entre quienes habían preferido a Franco Parisi y Evelyn Matthei en primera vuelta. No prueba una deserción total, pero revela una fractura entre victoria y gestión.
No basta atribuir el desencanto a la oposición. Quien vota contra una alternativa no necesariamente suscribe el programa completo de la otra. Puede rechazar al Partido Comunista sin desear una política de trincheras; exigir seguridad sin aceptar cualquier medida; reclamar crecimiento sin confundir los diagnósticos económicos con consignas de campaña.
Durante la contienda, Kast convirtió seguridad, inmigración y recuperación económica en las columnas de su oferta. Ahora corresponde contrastar promesas con resultados, plazos y costos. Gobernar exige algo más que repetir que el país se cae a pedazos. La retórica catastrófica moviliza indignación, pero no inspira confianza económica.
También importan las palabras. Una frase desafortunada, una explicación superficial o una controversia innecesaria pueden parecer anécdotas aisladas. Acumuladas, terminan instalando dudas sobre el criterio presidencial. La autoridad no se construye solamente con votos, sino con prudencia, preparación y una comprensión rigurosa de los asuntos públicos.
La comparación con Sebastián Piñera invita a otra cautela. Su aprobación llegó a niveles extraordinariamente bajos durante la crisis social, pese a contar con una trayectoria política y ejecutiva muy distinta. El precedente demuestra que ninguna mayoría de origen inmuniza contra el desgaste. Una encuesta retrata un momento, no toda una gestión.
Hay, además, una paradoja: desde 1990 hasta marzo de 2026, gobiernos de centroizquierda e izquierda ocuparon 28 de 36 años en La Moneda. La alternancia es parte de la democracia, no una anomalía que deba explicarse mediante caricaturas del adversario. Quien llega prometiendo corregir ese ciclo adquiere la obligación de demostrar, con hechos, qué hará mejor.
El problema de fondo no es que Kast conserve un electorado fiel. Todo presidente tiene uno. Es confundir esa fidelidad con el respaldo de quienes lo escogieron por descarte. Esos ciudadanos no firmaron un contrato de obediencia, ni entregaron una autorización perpetua para justificar errores.
La urna concede el poder, pero no garantiza el prestigio. Una segunda vuelta puede ganarse gracias al temor que inspira el adversario; un gobierno, en cambio, debe sostenerse por la confianza que inspira quien manda.
Los votos se cuentan sólo una noche. La confianza rinde examen cada mañana.
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EL UNIVERSO QUE LLEVAMOS DENTRO
Estimado lector, usted atraviesa la vida llevando consigo una proeza de ingeniería que ningún laboratorio ha logrado reproducir: una metrópolis de células, conductos, motores, sensores y laboratorios químicos. Una civilización microscópica que trabaja día y noche sin solicitar instrucciones.
Comencemos por sus cimientos. Nacemos con unos 270 huesos; al crecer, varios se fusionan y el adulto suele conservar 206. El fémur es el más largo; el estribo, oculto en el oído medio, apenas alcanza tres milímetros. Las dos manos reúnen 54 huesos y los pies otros 52: más de la mitad del esqueleto se concentra en nuestras extremidades.
Sobre esa arquitectura actúan más de 600 músculos esqueléticos, según la clasificación empleada. El glúteo mayor figura entre los más voluminosos; el estapedio, también en el oído medio, dentro de la cavidad timpánica, entre los más pequeños, desde 1 a 6 milímetros. Y cuando el sueño nos vence, el diafragma continúa su oficio silencioso: sostener cada respiración.
Nuestra dentadura definitiva suele contar con 32 dientes, incluidas las muelas del juicio, aunque muchos adultos tienen 28. Los reviste el esmalte, el tejido más mineralizado del organismo: una armadura formidable que, a diferencia del hueso, no sabe regenerarse.
Por nuestras arterias y venas circulan alrededor de cinco litros de sangre. Allí viajan unos 25 billones de glóbulos rojos, mensajeros del oxígeno cuya existencia ronda los 120 días. En un solo microlitro caben aproximadamente cinco millones. Los glóbulos blancos, centinelas inmunológicos, suelen oscilar entre 4.000 y 11.000 por microlitro; las plaquetas, reparadoras de nuestras heridas, entre 150.000 y 400.000.
¿Y cuánto miden las rutas de esta ciudad? Arterias, venas y, principalmente, capilares forman una red colosal. Quizá haya usted escuchado la famosa cifra de 100.000 kilómetros, pero procede de cálculos discutibles; otras estimaciones apuntan a miles o decenas de miles. La anatomía no necesita exageraciones para deslumbrar, pero la cantidad es sideral.
El corazón, apenas mayor que un puño cerrado, late cerca de 100.000 veces diarias y moviliza unos 7.000 litros de sangre en reposo. Los pulmones alojan cientos de millones de alvéolos: diminutas estaciones donde el oxígeno ingresa a la sangre y el dióxido de carbono emprende su salida.
El intestino delgado mide aproximadamente entre tres y cinco metros en el organismo vivo; el grueso, alrededor de metro y medio. Pliegues y vellosidades multiplican la superficie que absorbe nutrientes. El hígado, con cerca de kilo y medio, procesa sustancias, almacena energía y fabrica proteínas indispensables. Los riñones filtran unos 180 litros de líquido cada día y recuperan casi todo: una prodigiosa economía del agua, digna de la más sofisticada planta de reciclaje.
La piel, nuestra frontera con el mundo, despliega entre 1,5 y 2 metros cuadrados. Sus folículos y glándulas participan en una vigilancia permanente de la temperatura y la humedad. Nos protege del exterior, percibe caricias, registra heridas y se renueva sin descanso: es una frontera que también siente.
Y presidiendo este concierto está el cerebro: cerca de 1,4 kilos y unos 86.000 millones de neuronas enlazadas mediante billones de conexiones. Los ojos distinguen millones de tonalidades; los oídos convierten vibraciones en señales que reconocemos como voces, música o alarmas. El cerebro consume alrededor del 20% de la energía corporal en reposo y, en una ironía exquisita, su propio tejido carece de receptores del dolor.
Mientras usted lee, unas células desaparecen y otras nacen; músculos, nervios y química sanguínea coordinan cada inspiración; el corazón mantiene órganos que jamás contemplaremos directamente.
Lo extraordinario no es que semejante maquinaria pueda fallar. El auténtico milagro es que tantas piezas, trabajando a la vez, consigan sostenernos durante décadas sin exigirnos siquiera que pensemos en ellas.
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SU CEREBRO INVENTA LO QUE USTED ESTÁ VIENDO
Abra los ojos y mire alrededor. Una mesa, una ventana, un rostro, colores, distancias, movimiento. Todo parece llegar hasta nosotros como una película transmitida directamente desde el exterior. Creemos estar viendo el mundo tal como es.
Pero sus ojos no funcionan como cámaras y su cerebro tampoco como una pantalla.
Lo que usted está viendo es, en buena medida, una construcción.
Comencemos por una pequeña anomalía. Cada uno de nuestros ojos posee un punto ciego: el lugar de la retina por donde sale el nervio óptico carece de fotorreceptores. Allí, literalmente, no vemos nada. Sin embargo, nadie camina por la vida con dos agujeros negros flotando en el paisaje.
El cerebro los rellena.
Utiliza la información circundante y la del otro ojo para construir aquello que probablemente debería estar allí. No nos avisa. No aparece un cartel diciendo “imagen reconstruida”. Simplemente fabrica continuidad y nosotros la aceptamos como realidad.
Y no es la única intervención.
El color tampoco viene pegado a los objetos. Una manzana no contiene “rojo” del modo en que contiene átomos. Su superficie refleja determinadas distribuciones de longitudes de onda; nuestros fotorreceptores responden a ellas y el sistema visual genera la experiencia que llamamos rojo. Otros animales, con receptores diferentes, habitan mundos cromáticos distintos.
La profundidad también requiere interpretación.
Cada retina recibe una imagen bidimensional. El cerebro compara pequeñas diferencias entre ambos ojos, analiza perspectiva, sombras, tamaño relativo, movimiento y experiencia previa, y así construye la sensación de un espacio tridimensional.
Vemos profundidad porque el cerebro la calcula.
Incluso el movimiento continuo es una elaboración. Nuestros ojos realizan pequeños saltos llamados movimientos sacádicos varias veces por segundo. Durante ellos, la información visual se modifica y el cerebro reduce nuestra percepción de esas interrupciones. Si experimentáramos crudamente todo lo que llega a la retina, el mundo sería bastante menos estable.
Por eso las ilusiones ópticas son tan reveladoras. No demuestran que el cerebro funcione mal. Demuestran cómo funciona.
Una sombra puede hacer que dos tonos idénticos parezcan diferentes. Dos líneas iguales pueden parecernos de distinta longitud. Una figura inmóvil puede aparentar movimiento. El cerebro no espera pasivamente los datos: utiliza contexto, memoria y expectativas para inferir qué está ocurriendo.
Y normalmente acierta.
Eso es lo extraordinario.
Durante millones de años, la evolución no necesitó construir un instrumento dedicado a revelar la realidad física en toda su pureza. Necesitó un sistema suficientemente rápido y eficaz para distinguir alimento de veneno, precipicio de camino, amenaza de refugio y amigo de enemigo.
Ver no consiste simplemente en recibir.
Consiste en interpretar.
Por supuesto, esto no significa que el mundo exterior sea una fantasía ni que podamos inventarlo a voluntad. Hay una realidad independiente que impone límites brutales a nuestras interpretaciones: si confundimos una pared con una puerta, será la pared la que termine la discusión.
Pero entre esa realidad y nuestra conciencia existe una formidable maquinaria biológica.
La luz llega al ojo. La retina transforma señales. El cerebro compara, selecciona, completa, corrige, anticipa e interpreta. Y recién entonces aparece ante nosotros ese mundo sólido, coloreado, continuo y aparentemente inmediato que llamamos realidad.
Quizás por eso deberíamos desconfiar un poco de una frase que pronunciamos con enorme seguridad:
“Lo vi con mis propios ojos”.
Sí.
Pero fueron sus ojos quienes recibieron las señales.
Quien decidió qué significaban fue su cerebro.
Porque no vemos exactamente la realidad. Vemos la mejor hipótesis que nuestro cerebro consigue construir sobre ella.
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LA FARMACIA NO ES UN SUPERMERCADO
En el congreso corre una iniciativa peligrosa, desconcertante y llena de interés privado, sacar al Químico farmacéutico de las farmacias. Y habría que ser muy cándido para no suponer que aquí ha habido lobby.
En Chile, una receta puede contener un error de dosis, una interacción peligrosa o un medicamento contraindicado. La diferencia entre detectarlo y entregarlo puede estar al otro lado del mesón. Allí trabaja un profesional cuya presencia algunos parlamentarios proponen dejar de exigir: el químico farmacéutico.
El Boletín 18.719-11 busca permitir que otros profesionales o técnicos superiores del área de la salud, con formación específica, ejerzan la dirección técnica de farmacias. Sus impulsores argumentan que reduciría costos y facilitaría la apertura de locales en comunas sin cobertura. Es una necesidad legítima y urgente. Pero una solución mal diseñada puede agravar el problema y trasladar sus costos a los enfermos.
La farmacia no es simplemente un comercio. El Código Sanitario la reconoce como centro de salud. Y dispensar no significa pasar una caja por un lector de precios. Significa comprobar dosis, duplicidades, contraindicaciones, alergias e interacciones; vigilar la conservación de los productos; orientar sobre su uso y prevenir daños que pueden terminar en hospitalización.
El químico farmacéutico estudia farmacología, farmacocinética, toxicología y tecnología farmacéutica. Es responsable técnico y legal de procesos que ningún curso breve puede equiparar automáticamente con esa formación. Otros profesionales aportan competencias valiosas, pero no son intercambiables por razones presupuestarias.
Pensemos en los antibióticos. Su dispensación incorrecta contribuye a la resistencia antimicrobiana. Pensemos también en psicotrópicos y estupefacientes, cuyo control exige trazabilidad y especial responsabilidad. El conocimiento que evita esos y otros errores no es un lujo, es una necesidad.
Hay además una paradoja económica. Si se elimina un costo profesional obligatorio, el ahorro queda inicialmente en el operador. ¿Qué evidencia asegura que llegará al precio final? Una cadena con centenares de locales podría capturar una reducción sustancial de gastos, mientras el paciente asumiría los riesgos de un control debilitado. Reducir costos no equivale necesariamente a reducir precios.
Un análisis de intereses presentado en torno al proyecto identifica posibles beneficios para cadenas, farmacias independientes y operadores digitales. Sus conclusiones sobre lobby y motivaciones deben contrastarse con registros oficiales: la existencia de beneficiarios potenciales no prueba influencias indebidas, pero orresponde transparentar esas gestiones.
La contradicción principal está escrita en el alcance de la iniciativa. Se invoca a las comunas rurales sin farmacia para modificar las reglas de todas las farmacias del país, incluidas las urbanas. ¿Por qué resolver una brecha territorial mediante una rebaja sanitaria general? ¿Por qué no incentivar profesionales, apoyar farmacias independientes, fortalecer farmacias comunales y móviles, o evaluar supervisión remota estricta?
Las sociedades de farmacia clínica y las asociaciones profesionales han advertido sobre errores de dispensación, interacciones no detectadas y desvío de medicamentos controlados. No basta desestimar esas alertas como defensa gremial: deben discutirse con evidencia, indicadores de seguridad y estudios económicos transparentes.
El Gobierno y el Congreso tienen una responsabilidad concreta: ampliar el acceso sin degradar la calidad de la atención. Antes de cambiar quién dirige técnicamente una farmacia, deben demostrar que la sustitución conserva las competencias necesarias y no aumenta los riesgos para los pacientes.
Un medicamento puede venderse como producto. Pero sus consecuencias no se resuelven con una boleta de compra. La salud comienza precisamente donde termina la lógica de la caja registradora.
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CHILE BAJO VIOLENCIA SIMBÓLICA
Torcer la mirada e ignorar el malestar y la frustración que aún reside en la ciudadanía, es la mayor forma de violencia.
“Tampoco corresponde romantizar los incendios, los saqueos ni las agresiones. La protesta social y la violencia no son sinónimos. Pero utilizar los delitos para invalidar todo el reclamo ciudadano es otra forma de negarse a escuchar.”…
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CHILE BAJO VIOLENCIA SIMBÓLICA
Torcer la mirada e ignorar el malestar y la frustración que aún reside en la ciudadanía, es la mayor forma de violencia.
Siete años después del 18 de octubre de 2019, algunos explican el estallido por treinta pesos. Es una lectura cómoda: reduce una crisis histórica de legitimidad a una tarifa de transporte y elude la pérdida de confianza en sus dirigentes.
Los treinta pesos fueron el detonante, no la causa. Detrás había décadas de experiencias acumuladas: endeudamiento para estudiar, listas de espera para sanar, barrios segregados, pensiones insuficientes y reglas distintas según apellido o fortuna.
La sociología distingue entre desigualdad material y agravio moral. La cohesión se erosiona al percibir que el esfuerzo no asegura dignidad, que el mérito compite contra los contactos y que el poderoso recibe explicaciones donde el ciudadano común recibe sanciones.
Por eso resultó tan revelador aquel lenguaje político sobre «ellos», «los otros», «las señoras Juanitas», «los que se levantan temprano». Ese modo de clasificar revelaba una distancia profunda: quienes gobiernan parecen observar a la mayoría como si fuera una población ajena, objeto de estudio y no sujeto de derechos.
Chile construyó indicadores de progreso, pero no siempre construyó pertenencia. La educación, la salud y la vivienda reprodujeron fronteras sociales. Importaba más dónde se estudió que lo que se sabía. El clasismo y la aporofobia dejaron de parecer anomalías para convertirse en hábitos cotidianos.
Las cifras tampoco permiten despachar el malestar como envidia. El Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026 estima que el 1% más rico posee más de la mitad de la riqueza chilena. Y la mitad de menores ingresos recibe apenas una fracción del ingreso nacional. No es solo cuánto se concentra: es cuánto poder de decisión acompaña esa concentración.
A ello se suma el daño causado por escándalos de financiamiento político, tráfico de influencias y cuestionamientos a nombramientos judiciales. Cada caso exige pruebas y debido proceso, pero su efecto trasciende la sentencia: cuando la ciudadanía sospecha que existen puertas reservadas para unos pocos, la confianza pública se desploma.
El proceso constitucional abrió una salida institucional, pero terminó en dos rechazos. Sería igualmente simplista atribuirlos solo a una campaña del miedo o negar que hubo desinformación. En 2022 se cuestionó a Constanza Hube por distribuir una guía de campaña semejante en apariencia a materiales oficiales. Verificadores encontraron afirmaciones falsas o imprecisas en ese folleto. También hubo desacuerdos legítimos con el texto.
Tampoco corresponde romantizar los incendios, los saqueos ni las agresiones. La protesta social y la violencia no son sinónimos. Pero utilizar los delitos para invalidar todo el reclamo ciudadano es otra forma de negarse a escuchar. Una democracia puede condenar la violencia y examinar las causas de la movilización.
Lo inquietante, siete años después, no es únicamente lo que ocurrió. Es la persistencia de una discusión que prefiere repartir culpas antes que corregir las fracturas. Cambiaron gobiernos, discursos y consignas; la pregunta por el trato digno, la igualdad ante la ley y el acceso efectivo a oportunidades continúa abierta. Una república no se sostiene solo con crecimiento económico: necesita instituciones que inspiren respeto y una ciudadanía que se sienta parte de un destino común.
Ninguna sociedad está condenada a repetir su historia. Pero tampoco puede exigir paciencia infinita mientras posterga respuestas. Los conflictos sociales suelen anunciarse mucho antes de ocupar las calles: aparecen en la desconfianza, en la resignación y en el silencio de quienes dejaron de creer.
Si las instituciones confunden ese silencio con conformidad, volverán a sorprenderse. Y entonces la pregunta no será por qué nadie lo vio venir, sino por qué tantos eligieron no mirar.
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PALÍNDROMOS Y BIFRONTES
El lenguaje frente al espejo.
El castellano es tan extraordinario que algunas palabras pueden invertirse sin cambiar y otras, al hacerlo, se convierten en algo distinto.
Hay palabras que avanzan, otras que retroceden y algunas que parecen burlarse de la dirección. Son pequeños prodigios lingüísticos que demuestran que el idioma no solamente sirve para comunicarnos: también permite jugar con la inteligencia.
Un palíndromo es una palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, prescindiendo de espacios, tildes y signos de puntuación. Su nombre proviene del griego palíndromos, que significa volver a recorrer el camino.
Los ejemplos más sencillos son «radar», «reconocer», «anilina» y «somos». Pero cuando las palabras comienzan a formar oraciones, el asunto adquiere una elegancia casi matemática.
«Anita lava la tina» es probablemente uno de los más conocidos. «Dábale arroz a la zorra el abad» incorpora personajes, acción y una escena casi absurda. «La ruta nos aportó otro paso natural» parece incluso ser una reflexión filosófica.
Hay otros deliciosamente breves: «Amor a Roma», «Amigo no gima», «Oirás orar a Rosario» y «Somos o no somos». Todos poseen una arquitectura invisible: cada letra tiene una compañera simétrica al otro extremo.
Y algunos alcanzan dimensiones sorprendentes: «A mamá Roma le aviva el amor a papá y a papá Roma le aviva el amor a mamá». Una pequeña pirueta sentimental construida con una precisión casi de relojería.
Pero existe otra familia de curiosidades menos conocida: los bifrontes.
A diferencia del palíndromo, que conserva su identidad al invertirse, una palabra bifronte se transforma en otra palabra distinta y reconocible. Tiene, literalmente, dos caras.
Así, «amor» se convierte en «Roma»; «arroz», en «zorra»; «animal», en «lámina»; «ratón», en «notar»; «social», en «laicos»; «salta», en «atlas»; y «sabor», en «robas».
Algunas parejas parecen escritas con humor: «Adán» y «nada», «odio» y «oído», «risa» y «asir», «sacude» y «educas». Incluso «Satán» puede transformarse en unas inocentes «natas». Una conversión que ninguna teología había previsto.
La diversión aumenta cuando se construyen frases bifrontes. «La mina de sal» se transforma en «La sed animal». «Eva usaba rímel» termina convertida en «Le miraba suave». Y «La tele ves» regresa convertida en «Se ve letal».
No son simples casualidades. Son ejercicios de simetría, combinatoria y creatividad. Construir uno exige imaginar simultáneamente dos direcciones de lectura, respetando las reglas del lenguaje y, cuando es posible, conservando algún sentido.
Su fascinación tampoco es nueva. Los juegos de escritura reversible aparecen desde la Antigüedad y han cautivado a poetas, matemáticos, escritores y aficionados a los acertijos. El célebre cuadrado latino SATOR, conocido desde tiempos romanos, constituye uno de los ejemplos históricos más intrigantes de simetría verbal.
¿Por qué nos apasionan?
Porque nuestro cerebro busca patrones y disfruta descubriendo órdenes escondidas donde parecía existir solamente azar. Reconocer un palíndromo produce esa satisfacción intelectual de resolver un acertijo sin necesidad de conocer su solución.
Además, estas construcciones nos recuerdan algo extraordinario: el lenguaje tiene una dimensión geométrica. Las letras pueden comportarse como figuras reflejadas en un espejo, y una oración puede convertirse en un pequeño mecanismo de precisión.
Quizá por eso los palíndromos y los bifrontes sobreviven a las modas, las tecnologías y las generaciones. No necesitan electricidad, algoritmos ni inteligencia artificial. Bastan un alfabeto, curiosidad y una buena dosis de ingenio.
Después de todo, hay palabras que admiten dos caminos, frases que esconden dos rostros y lectores que descubren que retroceder también puede ser una forma maravillosa de avanzar.
Porque hasta el lenguaje sabe que, a veces, mirar hacia atrás permite descubrir algo nuevo.
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MARÍA CORINA MACHADO
La medalla, la reverencia y el abandono.
En política internacional, la ingenuidad suele pagarse cara. Pero cuando se confunde la adulación con la diplomacia, la factura puede resultar devastadora. María Corina Machado acaba de descubrirlo: Donald Trump aceptó su medalla del Nobel de la Paz, pero no le reservó una silla en la mesa donde se negocia el futuro de Venezuela.
La dirigente denunció que Washington la excluyó de las conversaciones entre el gobierno de Delcy Rodríguez y un sector opositor. El Departamento de Estado replica que invitó a su partido, Vente Venezuela. La discrepancia no altera lo esencial: Machado carece del protagonismo que imaginó.
En enero entregó a Trump la medalla de su Nobel de 2025, distinción que, por supuesto, no puede transferirse. Una laureada ofreció su símbolo a un mandatario obsesionado con obtenerlo. Tal vez creyó que aquella ofrenda compraría influencia. Confundió una fotografía en la Casa Blanca con una alianza estratégica.
Bastaba conocer a Trump para advertir el riesgo. Su poder es transaccional y personalista. No cultiva lealtades permanentes: administra conveniencias. Para él, los aliados valen mientras sirven y las promesas duran lo que tarda en aparecer una oportunidad mejor.
Machado cometió así un error elemental de negociación: entregó anticipadamente su principal activo simbólico sin obtener una contraprestación verificable. Renunció a prestigio a cambio de una expectativa. Y las expectativas no figuran en los tratados.
Su trayectoria merece, sin embargo, una distinción. Resistir al autoritarismo venezolano, ganar las primarias opositoras de 2023 y respaldar a Edmundo González tras su inhabilitación no fueron gestos menores. Sus recursos económicos no anulan su valentía. El coraje personal y la competencia para gobernar, sencillamente, son atributos distintos.
Ahí aparece su déficit más serio. Su discurso movilizó contra Maduro, pero explica poco cómo reconstruir el Estado, estabilizar la economía, recuperar servicios públicos, reformar la justicia y garantizar una transición sin nuevas exclusiones. Denunciar una dictadura no equivale a construir una república.
También cabe cuestionar la arquitectura de su liderazgo. González fue candidato por la proscripción de Machado, no simplemente un títere elegido para custodiarle el trono. Pero aquella dualidad entre representación electoral y conducción política dejó una interrogante incómoda: ¿quién ejercerá efectivamente el poder y con qué legitimidad institucional?
Mientras tanto, Washington negocia con quienes conservan resortes reales del Estado. El levantamiento de sanciones a Jorge Rodríguez y los entendimientos energéticos con el entorno de Delcy Rodríguez ilustran una prioridad estadounidense: asegurar interlocutores capaces de ejecutar acuerdos, especialmente en petróleo. No todo es petróleo, pero ignorarlo sería ingenuo.
Trump no necesita admirar a sus socios. Le basta que resulten útiles. Puede estrechar la mano de antiguos adversarios si obtiene estabilidad, influencia y acceso energético. Machado, en cambio, apostó a una afinidad ideológica que nunca garantizó reciprocidad.
La paradoja: quien hizo de la dignidad su bandera terminó reverenciando a un poder extranjero. La medalla cambió de manos; el poder, por supuesto, jamás cambió. Y el costo fue proyectar dependencia precisamente cuando necesitaba demostrar autonomía.
Venezuela necesita elecciones libres e instituciones sólidas, no el afecto de Washington. Machado todavía puede recuperar protagonismo, pero deberá reemplazar la épica por propuestas y la devoción por estrategia.
Porque en política los poderosos no suelen premiar a quienes se arrodillan: simplemente descubren que pueden prescindir de ellos.
Ahora, María Corina, a llorar a la FIFA.
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EL ROCK NUNCA FUE NEUTRAL
La música quizá no cambie el mundo, pero impide que nos acostumbremos a sus injusticias.
Un curioso mapa ideológico de 74 artistas y bandas de rock los sitúa entre izquierda y derecha, autoritarismo y libertarismo. Allí conviven Pink Floyd, The Clash, Metallica, U2, Queen, Radiohead y Rage Against the Machine. Unos aparecen donde esperaríamos; otros sorprenden.
Si bien son posiciones estimadas según declaraciones, letras de sus canciones y activismo propio de cada banda, el ranking deja entrever la realidad tras una partitura.
El ejercicio es provocador, aunque discutible. Clasificar a un músico reduce décadas de contradicciones y cambios a dos coordenadas. Una canción puede ser revolucionaria y su autor conservador. Una banda puede cuestionar el capitalismo mientras llena estadios gracias a él.
Pero el mapa recuerda una verdad: el rock nunca fue solamente entretenimiento. También interpretó, cuestionó y desafió al mundo.
En los años cincuenta, cuando Elvis Presley sacudía las caderas, Estados Unidos todavía vivía bajo la segregación racial. El rock and roll, alimentado por el blues y el rhythm and blues afroamericanos, derribó fronteras culturales que la política mantenía. La música cambió costumbres antes que leyes.
Los sesenta transformaron esa revolución estética en generacional. Bob Dylan denunció la guerra y la injusticia; Joan Baez acompañó las luchas por los derechos civiles; John Lennon imaginó un mundo sin fronteras. Vietnam se volvió una disputa moral cantada por millones.
En los setenta, el punk irrumpió entre desempleo, crisis económica y desencanto juvenil. The Clash convirtió la rabia social en conciencia política. Los Sex Pistols provocaron a la monarquía británica. Pink Floyd denunció la educación autoritaria y la alienación moderna. La guitarra eléctrica se volvió insubordinación.
América Latina escribió capítulos memorables. Víctor Jara fue asesinado después del golpe militar chileno de 1973. Los Prisioneros retrataron las desigualdades y contradicciones de la dictadura. En Argentina, Charly García y León Gieco encontraron formas de cantar bajo la censura. La música no derrocaba dictadores, pero les impedía conquistar la conciencia.
Los ochenta llevaron la canción a la movilización internacional. U2 denunció la violencia política en Irlanda del Norte con Sunday Bloody Sunday. Peter Gabriel abordó el apartheid sudafricano en Biko. Queen participó en Live Aid, el concierto de 1985 que hizo planetaria la solidaridad.
Y los noventa encontraron en Rage Against the Machine una combinación explosiva de guitarras, denuncia del racismo y crítica al poder corporativo. Su nombre era una declaración de principios.
Sin embargo, no todos los músicos abrazaron causas progresistas. Ted Nugent y Kid Rock representan posiciones conservadoras; Morrissey ha protagonizado controversias políticas. La rebeldía estética no garantiza emancipación. Ni una etiqueta política determina el valor artístico.
Ahí reside la importancia de la cultura: estimular el pensamiento crítico. Una sociedad que escucha, lee, debate y cuestiona resulta menos vulnerable al dogmatismo. El arte no necesita imponer respuestas; su mayor virtud consiste en formular preguntas que el poder preferiría evitar.
Por eso las dictaduras censuran canciones, queman libros y persiguen artistas. Saben lo que algunos gobernantes olvidan: la cultura no es un adorno presupuestario, sino una dimensión esencial de la libertad.
El rock cambiará de sonidos y generaciones. Pero mientras existan abusos, discriminación, guerras o injusticias, habrá músicos dispuestos a denunciarlos.
Porque una canción no necesita pertenecer a la izquierda ni a la derecha para defender la dignidad humana. Y cuando el poder pretende imponer silencio, la música recuerda que la conciencia también tiene volumen.
La historia demuestra que se puede prohibir una canción. Lo difícil es silenciar lo que despertó en quienes la escucharon.
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¿POLERA O REMERA?
CUANDO EL IDIOMA TAMBIÉN PRACTICA DEPORTE
Dos países hermanos, dos palabras nacidas del deporte y una divertida confusión que termina cruzando la cordillera.
Todo comenzó con una simpática escena. Luciana Aymar, leyenda argentina del hockey sobre césped, utiliza la palabra «polera» y un periodista la interrumpe para corregirla: en Argentina se dice «remera».
Lo divertido es que ambas palabras tienen historias deportivas y que, al investigar sus orígenes, aparece una paradoja entre Chile y Argentina digna de una revista de curiosidades.
Primero, la polera.
Una explicación etimológica difundida relaciona la palabra con el inglés —polo shirt—, prenda asociada al polo, aquel elegante deporte ecuestre que se popularizó entre las élites británicas durante el siglo XIX.
Las primeras camisetas deportivas evolucionaron hacia modelos más cómodos, con cuello y botones, hasta convertirse en prendas de uso cotidiano.
En Chile llamamos polera a la camiseta ligera, generalmente de manga corta. Pero en Argentina una polera suele ser una prenda de cuello alto y mangas largas.
Ahora, la remera.
En Argentina, la camiseta cotidiana recibe un nombre relacionado con el remo.
La explicación tradicional sostiene que los deportistas que remaban utilizaban camisetas ligeras de algodón para facilitar sus movimientos. Aquellas prendas asociadas a los remeros habrían terminado llamándose «remeras».
Ambas historias resultan verosímiles, aunque sus detalles históricos no están completamente acreditados.
Y aquí comienza lo verdaderamente entretenido.
Chile, el país de las poleras, es una potencia sudamericana del remo.
En los Juegos Panamericanos de Santiago 2023, nuestros remeros conquistaron diez medallas: tres de oro, cinco de plata y dos de bronce. Chile terminó segundo en el medallero de la disciplina, detrás de Estados Unidos.
Las mellizas Antonia y Melita Abraham alcanzaron ocho medallas panamericanas cada una, convirtiéndose entonces en las deportistas chilenas más laureadas de la historia de esos juegos.
También representaron a Chile en los Juegos Olímpicos de París 2024, demostrando que nuestro remo compite en escenarios de máxima exigencia.
Argentina, el país de las remeras, es una superpotencia mundial del polo.
Su tradición ecuestre, sus criadores de caballos y generaciones de jugadores extraordinarios han convertido al país vecino en una referencia internacional.
Adolfo Cambiaso, considerado uno de los mejores polistas de la historia, es una auténtica celebridad deportiva.
El Abierto Argentino de Palermo, disputado desde 1893, constituye uno de los torneos más prestigiosos y exigentes del planeta. En 2025 celebró su edición número 132.
Y hay otra curiosidad: Chile también ha sido campeón mundial de polo, en 2008 y 2015.
Es decir, los chilenos no solamente destacamos remando y los argentinos no solamente brillan jugando polo. Ambos países han cruzado exitosamente las fronteras deportivas que sugieren sus respectivas palabras.
Pero la paradoja lingüística sigue siendo irresistible.
Los chilenos, que decimos «polera», cosechamos medallas remando. Los argentinos, que dicen «remera», son maestros jugando polo.
¡Pareciera que cada país decidió bautizar su camiseta con el deporte en que destaca su vecino!
Y pensar que todo comenzó porque una extraordinaria jugadora de hockey pronunció una palabra distinta de la acostumbrada.
Quizás la próxima vez que Luciana Aymar diga «polera», el periodista debería sonreír y recordar que el español tiene más de veinte países, cientos de particularidades y una maravillosa capacidad para sorprendernos.
Porque Chile pone las poleras, Argentina pone las remeras, ambos ponen los campeones y el idioma, afortunadamente, no necesita árbitro.
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EL AUTOMÓVIL QUE DESAFIÓ A NEWTON
Cuando la ingeniería eléctrica y la física se encuentran con la tecnología aeroespacial, hasta la gravedad parece negociable.
El nuevo Tesla Roadster no pretende simplemente ganar una carrera. Pretende cambiar las reglas de aquello que llamamos automóvil. El 15 de octubre, en las instalaciones de SpaceX en Texas, un prototipo aceleró brutalmente, circuló invertido y ejecutó maniobras aéreas. La frontera entre deportivo y máquina aeroespacial pareció desdibujarse.
Pero hay una precisión: no desafía las leyes de la física. Las utiliza con una audacia singular.
Durante décadas, la aceleración de un automóvil estuvo limitada por la adherencia entre neumáticos y pavimento. El motor podía entregar más potencia, pero si la fuerza superaba la fricción disponible, las ruedas patinaban. El Roadster incorpora una solución distinta: propulsores de gas comprimido desarrollados con tecnología de SpaceX. Al expulsar masa hacia atrás, generan una fuerza hacia adelante, conforme a la tercera ley de Newton: acción y reacción.
Así, el empuje ya no depende exclusivamente del contacto de los neumáticos con el suelo. Tesla exhibió una aceleración de 0 a 60 millas por hora, unos 97 kilómetros por hora, inferior a un segundo. Alcanzar esa velocidad en un segundo implica una aceleración media próxima a 2,7 veces la gravedad terrestre. No es magia: es una exigencia enorme para la estructura, el cuerpo humano y los sistemas de control.
La segunda innovación fascina. Bajo el chasis, ventiladores eléctricos de alta potencia extraen aire y crean una región de menor presión. La presión atmosférica exterior empuja entonces el vehículo contra el pavimento. Faldones móviles ayudan a mantener esa diferencia de presiones, incluso a velocidades donde los alerones convencionales apenas producen carga aerodinámica.
El resultado es más adherencia. Tesla sostiene que puede superar 2 g de aceleración lateral en curvas. Estrictamente, hablamos de aceleración centrípeta: la fuerza que obliga al automóvil a cambiar de dirección. La sensación centrífuga que experimenta el ocupante es consecuencia de su inercia. Y cuanto mayor sea la fuerza normal sobre los neumáticos, mayor puede ser la fuerza de fricción disponible para girar sin derrapar.
El sistema de succión permite incluso recorrer una rampa invertida. No porque desaparezca la gravedad, sino porque la diferencia de presión genera fuerza suficiente para sostener el peso del vehículo. Es física elemental llevada a una ingeniería extrema.
Los propulsores distribuidos añaden otra dimensión: permiten corregir orientación, producir momentos de giro y controlar parcialmente movimientos en el aire. El automóvil deja de depender solo del volante, los frenos y la suspensión. Necesita sensores inerciales, electrónica de potencia, algoritmos de control automático y una coordinación entre actuadores, como ocurre en aeronáutica.
Pero una demostración no equivale a una revolución industrial consumada. Faltan pruebas independientes de repetibilidad, seguridad, consumo energético, ruido, resistencia de los faldones y comportamiento ante fallas. El gas comprimido se agota; almacenarlo y reponerlo supone masa, volumen y complejidad. Tampoco es evidente que semejantes aceleraciones resulten tolerables o útiles en calles públicas.
Se anuncia producción para 2028. Y aunque los automóviles con ventiladores de succión tienen antecedentes, la combinación con propulsión eléctrica y empuje aeroespacial abre un territorio tecnológico notable e inexplorado.
Quizá el futuro no consista en que todos los automóviles vuelen. Consista, más bien, en trasladar al transporte terrestre sistemas de control, adherencia activa y propulsión que antes parecían reservados a los circuitos y a los cohetes.
Newton no habría protestado ante el Roadster. Habría sonreído: para hacer lo que ayer parecía imposible, Tesla no tuvo que abolir sus leyes. Tuvo que aprender a utilizarlas todas a la vez.
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¿TIENEN SENTIDO LAS MOVILIZACIONES SOCIALES?
En el siglo XXI, ¿puede una multitud cambiar la historia, o protestar es un ritual sin consecuencias? @MisColumnas
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¿TIENEN SENTIDO LAS MOVILIZACIONES SOCIALES?
En el siglo XXI, ¿puede una multitud cambiar la historia, o protestar es un ritual sin consecuencias?
La historia de las sociedades no se ha escrito únicamente en palacios, parlamentos o campos de batalla. También se ha construido en las calles, cuando ciudadanos comunes descubren que su fuerza colectiva puede desafiar decisiones que individualmente serían incapaces de modificar.
Las movilizaciones han sido instrumentos de transformación política, económica y cultural.
El movimiento obrero impulsó conquistas laborales mediante décadas de huelgas. Las sufragistas lucharon por el voto femenino. Gandhi enfrentó al colonialismo mediante la resistencia pacífica. Martin Luther King y el movimiento por los derechos civiles contribuyeron a terminar con la segregación legal estadounidense. En Europa oriental, las protestas de 1989 aceleraron el derrumbe de regímenes comunistas.
Ninguna conquista fue obra exclusiva de las marchas. Hubo negociaciones, crisis y decisiones políticas. Pero sin presión colectiva, muchas reformas no habrían ocurrido.
¿Por qué se movilizan las sociedades?
El sociólogo Charles Tilly explicó que los movimientos combinan organización, reivindicaciones y demostraciones públicas de unidad. La indignación debe convertirse en acción colectiva.
Se protesta por salarios, libertades, discriminación, corrupción o abusos. Pero también por algo menos tangible: dignidad. Sentirse ignorado puede movilizar tanto como una privación material. La frustración crece si las expectativas superan las oportunidades.
No todas las sociedades protestan igual. En democracias, las marchas suelen reclamar reformas dentro del sistema. Bajo autoritarismos, exigir libertades puede significar arriesgar la vida. La cultura política y la represión condicionan los resultados.
Tampoco todos se movilizan por las mismas causas. Hay protestas progresistas, conservadoras, religiosas, nacionalistas y ambientales. La calle no pertenece a una ideología: es un espacio de disputa entre proyectos distintos.
Los líderes políticos pueden traducir demandas en leyes y acuerdos, pero también apropiarse del malestar, radicalizarlo o utilizarlo electoralmente. Los movimientos sin dirigentes visibles pueden tener dificultades para negociar y sostener objetivos, lo vivimos en 2019.
El siglo XXI cambió las herramientas. Las redes sociales convocan miles de personas en horas; sin embargo, un mensaje viral no construye por sí solo una organización duradera. Convocar es rápido; reformar, mucho más lento.
Chile lo vivió hace unos años. El estallido social abrió un proceso constituyente, pero las propuestas fueron rechazadas. Movilizar a millones no garantiza consensos sobre las soluciones, menos en sociedades oligárquicas dueñas de los medios.
La politóloga Erica Chenoweth encontró que, históricamente, las campañas de resistencia civil no violentas tuvieron mayores tasas de éxito que las violentas, aunque su eficacia ha disminuido en períodos recientes. No existen recetas infalibles.
¿Sirve entonces protestar?
Sí, pero depende de qué entendamos por éxito. Una marcha puede fracasar en su demanda inmediata y modificar la conversación pública. Otra puede obtener una ley sin alterar las condiciones que originaron el conflicto.
La eficacia exige objetivos claros, alianzas, organización y negociación. La violencia puede desplazar las demandas y debilitar apoyos; la protesta pacífica tampoco asegura victorias.
Las democracias necesitan elecciones e instituciones, pero también ciudadanos capaces de expresar aquello que la representación formal no escucha. Una sociedad que nunca protesta no es necesariamente una sociedad satisfecha: también puede ser una sociedad resignada o temerosa.
Las movilizaciones no sustituyen a la democracia: pueden corregir sus silencios. Su verdadero éxito no consiste en llenar las calles, sino en conseguir que, cuando las multitudes regresen a sus casas, algo haya cambiado.
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EL DÍA QUE APRENDIMOS A ENCENDER EL CEREBRO
El Nobel de Medicina 2026 premió una revolución nacida en unas algas: controlar neuronas mediante luz.
Imagine poder encender una neurona como quien enciende una lámpara. No con electricidad aplicada desde fuera ni con medicamentos que afectan millones de células, sino con un destello de luz dirigido a un grupo específico de neuronas. Parece ciencia ficción. Pero es un avance extraordinario de la medicina contemporánea.
El 5 de octubre, el Nobel de Medicina fue otorgado a Peter Hegemann, Georg Nagel y Karl Deisseroth por desarrollar la optogenética y descubrir canales iónicos sensibles a la luz. Detrás hay una idea deslumbrante: usar la luz para investigar cómo funciona el cerebro.
La historia comienza con un organismo humilde: una diminuta alga verde que nada hacia la luz. ¿Cómo detecta la iluminación y transforma esa señal en movimiento? Hegemann y Nagel encontraron la respuesta en unas proteínas llamadas canalrodopsinas.
Pensemos en una neurona como una habitación con puertas diminutas. Esas puertas, llamadas canales iónicos, permiten el paso de partículas con carga eléctrica a través de su membrana. Cuando se abren o cierran, cambia el voltaje de la célula. Así se generan las señales eléctricas con que las neuronas se comunican.
Lo extraordinario de ciertas canalrodopsinas es que la luz funciona como llave. Un pulso luminoso abre el canal y deja pasar iones. La célula cambia su estado eléctrico. Ese cambio puede desencadenar un impulso nervioso.
Entonces surgió la pregunta decisiva: ¿qué pasaría si instaláramos esas puertas sensibles a la luz en neuronas que naturalmente no las poseen?
Deisseroth y sus colaboradores demostraron en 2005 que podían introducir el gen de una canalrodopsina en neuronas y activarlas mediante luz. Nació así una herramienta capaz de intervenir circuitos nerviosos en milisegundos. Después se incorporaron otras proteínas que permiten también inhibir la actividad celular.
El procedimiento combina genética y óptica; de allí su nombre: optogenética. Primero se consigue que determinadas células produzcan proteínas fotosensibles. Luego se ilumina la zona adecuada. No es que cualquier linterna controle cualquier cerebro: hacen falta modificaciones celulares e iluminación especializada.
¿Por qué importa tanto?
Antes, observar una región cerebral activa durante el miedo o el recuerdo no demostraba que fuera su causa. Ahora los investigadores pueden activar o silenciar neuronas concretas y observar qué cambia. En animales de laboratorio han estudiado circuitos vinculados al sueño, el movimiento, la memoria y las respuestas emocionales.
Las aplicaciones médicas despiertan expectativas. Se investiga su potencial para comprender mejor la epilepsia, el Parkinson y trastornos neuropsiquiátricos. Y ya existen ensayos experimentales que buscan devolver parte de la visión a personas con enfermedades degenerativas de la retina, haciendo sensibles a la luz células supervivientes.
Pero conviene distinguir promesa de tratamiento disponible. Introducir genes, iluminar tejidos profundos y garantizar seguridad a largo plazo plantea dificultades importantes. La optogenética no permite leer pensamientos ni manipular a voluntad una mente humana. Su mayor triunfo, hasta ahora, es científico: transformar preguntas sobre el cerebro en experimentos capaces de probar relaciones de causa y efecto.
Hay algo hermoso en esta historia. Para comprender el órgano más complejo de nuestro cuerpo, la ciencia encontró una llave en un organismo microscópico que simplemente buscaba el sol.
Quizá ese sea el mensaje del Nobel: los grandes descubrimientos no siempre nacen intentando curar una enfermedad. A veces comienzan preguntándose por qué un alga nada hacia la luz.
Y terminan iluminando, literalmente, los misterios de nuestra mente.
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ANATOMÍA DEL NEGACIONISMO
La tiranía de la verosimilitud.
La psicología de quienes prefieren defender sus creencias antes que aceptar la realidad.
Nunca dispusimos de tanta información, ciencia y testimonios verificables. Sin embargo, millones de personas siguen negando hechos demostrados. Algunos creen que la Tierra es plana, otros niegan el cambio climático o los crímenes de las dictaduras. La paradoja: cuanto más accesible la verdad, más obstinado su rechazo.
¿Qué ocurre en la mente humana para que alguien niegue lo evidente?
El negacionismo no es simplemente ignorancia. Es rechazar evidencias porque amenazan creencias, identidades o lealtades. No es dudar, sino blindar una convicción contra toda prueba.
La psicología cognitiva identifica uno de sus motores: el sesgo de confirmación. Privilegiamos información afín y cuestionamos la contraria. No siempre buscamos descubrir qué es verdadero; muchas veces buscamos demostrar que teníamos razón.
A ello se suma la disonancia cognitiva, estudiada por Leon Festinger. Cuando los hechos contradicen nuestras convicciones, surge malestar. Para aliviarlo podemos revisar nuestras creencias o reinterpretar los hechos. El negacionista suele elegir lo segundo.
La neurociencia aporta otra dimensión. Las creencias involucran emociones, recuerdos y vínculos. Una evidencia incómoda puede activar circuitos de valoración emocional y amenaza. La corteza prefrontal no siempre corrige prejuicios: también fabrica justificaciones.
Así opera el razonamiento motivado: empleamos la inteligencia no para examinar imparcialmente la realidad, sino para defender aquello que deseamos creer.
Desde la sociología, el fenómeno es también colectivo. Las creencias funcionan como credenciales de pertenencia. Negar hechos puede convertirse en una prueba de lealtad política, religiosa o cultural. Reconocer atrocidades, fracasos políticos o evidencias puede significar enfrentarse al grupo. Para algunos, negar resulta menos doloroso que quedar aislados.
Las redes sociales amplifican esta dinámica. Sus algoritmos pueden premiar contenidos emocionalmente intensos y reforzar comunidades homogéneas. La repetición genera familiaridad, y esta puede confundirse con veracidad. Una mentira repetida mil veces no se convierte en verdad, pero adquiere su apariencia. Acceder a testimonios no garantiza escucharlos: también permite encontrar a quienes los desacreditan.
Hay una diferencia esencial entre equivocarse y practicar el negacionismo. Quien se equivoca puede rectificar ante nuevas pruebas. El negacionista convierte cada refutación en otro motivo para desconfiar. Si aparecen documentos, están manipulados. Si hay fotografías, son montajes. Si hablan los testigos, mienten. Si coinciden los científicos, conspiran.
Es un sistema de creencias que pretende no perder jamás porque ha renunciado a someterse a la realidad.
Conviene evitar otra simplificación: no existe un diagnóstico psiquiátrico del negacionista. No es una enfermedad mental. Personas cultas pueden sostener falsedades para proteger su identidad. Tampoco todo desacuerdo constituye negacionismo: cuestionar una interpretación no equivale a negar hechos establecidos.
Lo más perturbador es que nadie está inmunizado. Todos tenemos sesgos, racionalizamos decisiones y resistimos verdades incómodas. La diferencia decisiva está en nuestra disposición a corregirnos.
La inteligencia no consiste sólo en defender convicciones. Exige la humildad de abandonarlas cuando los hechos las desmienten.
Esa es la tragedia del negacionismo contemporáneo: poseemos instrumentos extraordinarios para conocer la realidad, pero seguimos teniendo cerebros capaces de sacrificarla para proteger una creencia.
La verdad no desaparece porque alguien la niegue. Lo que desaparece, lentamente, es nuestra capacidad de reconocerla.
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EL PRESIDENTE QUE HABLA CON LOS PERROS
Cuando la realidad supera a la ficción, la psiquiatría pide refuerzos.
Argentina logró lo imposible: que un presidente consulte a una médium para hablar con sus perros mientras conduce la economía de 47 millones de personas. Y sin que nadie pregunte si los animales participan en el gabinete.
The New York Times publicó una historia digna de una comedia absurda. Celia Melamed, dedicada a comunicarse telepáticamente con mascotas, fue contratada por Javier Milei para establecer contacto espiritual con Conan, su mastín inglés, cuando el animal agonizaba.
Melamed, que dice recibir mensajes mediante energías en su pecho, ignoraba quién era aquel señor despeinado. Él se disculpó por no vestir traje, explicándole que aparecía habitualmente en televisión. Ella, que no tenía televisor, probablemente creyó estar frente a un excéntrico inofensivo. Había conocido al futuro presidente.
Hasta aquí, una historia entrañable para dibujos animados. Pero su protagonista administra un Estado, firma decretos y decide políticas que afectan a millones.
Conan murió, pero su influencia parece haber sobrevivido a su existencia biológica. Milei encargó su clonación y hoy convive con copias genéticas del animal original. Un gabinete canino con continuidad institucional mediante reproducción asistida.
Uno podría imaginar las deliberaciones presidenciales.
Señor presidente, ¿qué hacemos con la inflación?
Esperen, todavía no recibo las vibraciones y señales de Conan.
¿Y el presupuesto nacional?
Consulten con los clones. Pero que no ladren todos juntos, porque confunden los mercados.
Lo extraordinario no es amar a las mascotas ni sufrir por su muerte. Lo insólito es contratar servicios de telepatía animal y atribuirles una capacidad de comunicación nunca demostrada científicamente.
La ciencia distingue la realidad de nuestras creencias. La telepatía, humana o canina, no ha superado ese examen. Sin embargo, para ciertos personajes la ausencia de evidencia constituye apenas una molestia administrativa.
Y aquí aparece la paradoja más deliciosa.
Milei, que se presenta como defensor de la racionalidad económica, la lógica matemática y el rigor intelectual, habría encontrado perfectamente razonable pagarle a una persona para que interpretara las energías espirituales de un mastín.
Adam Smith debe estar revolcándose en su tumba. Probablemente intentando comunicarse con Conan para comprender las nuevas fronteras del liberalismo, total ya cree en una mano invisible, sumarle un perro es marginal.
La ironía crece: Milei desprecia a quienes considera ignorantes, cuestiona la inteligencia de sus adversarios y exhibe una seguridad sobrenatural en sus convicciones.
Pero la racionalidad no puede ser un traje que uno se pone para discutir economía y se quita cuando llega la hora de conversar con los perros.
Nadie merece reproches por amar a un animal ni por buscar consuelo ante su muerte. La cuestión es otra: qué ocurre cuando una figura investida de enorme poder exhibe creencias extraordinarias mientras reclama para sus decisiones una autoridad intelectual incuestionable.
Porque una cosa es que un ciudadano consulte a una médium. Otra muy distinta es que quien consulta a una médium pretenda convencernos de que posee una comprensión superior de la realidad.
Conan pudo ser extraordinario: leal, inteligente y afectuoso. Nada de eso exige explicaciones sobrenaturales. Lo que sí merece explicación es cómo un país terminó depositando su destino en manos de alguien cuya relación con la razón parece admitir excepciones tan extravagantes.
Conviene aclarar: los perros no tienen responsabilidad alguna en este disparate. Ellos no eligieron presidente, no redactaron programas económicos ni contrataron médiums.
En definitiva, el problema nunca fue que Milei quisiera hablar con Conan.
El problema comienza cuando uno se pregunta quién le contesta.
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CARTA ABIERTA A LA DIRECTORA NACIONAL DE SENAPRED ALICIA CEBRIÁN.
Señora Cebrián: @AliciaCebrinLp1
El radar no es un fetiche y la improvisación tampoco.
Cuando una tormenta transforma calles en cauces, paraliza el transporte y sorprende a miles de personas, la ciudadanía espera de sus autoridades algo más útil que una explicación sobre las limitaciones de los instrumentos que aún no tenemos.
Usted afirmó que no debemos convertir el radar meteorológico en una especie de «fetiche» y recordó que, por sí solo, no resuelve los problemas de anticipación. Es una verdad tan profunda como recordar que tampoco un electrocardiógrafo opera a un paciente, ni un telescopio escribe un tratado de astronomía. De allí no se desprende que sean accesorios prescindibles.
En rigor, tiene razón en una obviedad: los radares necesitan especialistas, modelos, protocolos y decisiones oportunas. Pero esa precisión, presentada como advertencia, termina revelando el verdadero problema. Si sabemos que la tecnología requiere una cadena de interpretación y respuesta, ¿por qué no hemos construido esa cadena con la urgencia necesaria?
Un radar meteorológico no es una bola de cristal. Emite ondas electromagnéticas y analiza sus ecos para localizar precipitaciones, estimar su intensidad y observar el desplazamiento de las tormentas. Los sistemas Doppler permiten, además, medir velocidades radiales y reconocer patrones asociados a fenómenos peligrosos. Combinados con otros datos, hacen posible el pronóstico inmediato, conocido como nowcasting: advertencias localizadas con minutos y, en ciertas condiciones, algunas horas de anticipación.
No significa que cualquier tormenta pueda pronosticarse exactamente unas horas antes. La cobertura útil depende del relieve, la altura del haz, el tipo de fenómeno y la evolución de las nubes. Precisamente por eso se necesitan redes bien diseñadas y profesionales competentes.
Lo desconcertante es que esta explicación elemental debiera resultar familiar para quien encabeza el organismo encargado de coordinar la prevención y respuesta ante desastres, y no darse por enterada por un experto apenas horas antes de enfrentar a la prensa. No se le exige calcular ecuaciones atmosféricas frente a las cámaras. Se le exige comprender qué información falta, qué capacidades existen y qué decisiones pueden adoptarse antes de que la emergencia llegue a la puerta de las casas.
En el panel televisivo, una especialista explicó con claridad lo que sus declaraciones parecían minimizar: conocer la intensidad, trayectoria y evolución de una tormenta puede permitir alertar a una comuna antes de que reciba el impacto. Lástima que la alumna involuntaria fuera la máxima autoridad de emergencias.
Su formación inicial como trabajadora social no constituye, por sí misma, una descalificación. Pero ningún diplomado en el tema reemplaza el dominio efectivo de los sistemas que se dirige. Y ninguna autoridad debiera confundir la prudencia técnica con la relativización de una herramienta fundamental.
Aquí no discutimos un juguete tecnológico ni una disputa académica. Discutimos minutos que pueden separar una advertencia de una inundación, una evacuación de una tragedia, una decisión preventiva de una conferencia de prensa posterior.
Después del aluvión en Las Condes y de la tormenta que golpeó Santiago, la pregunta no es si los radares hacen milagros. La pregunta es por qué seguimos discutiendo su utilidad cuando deberíamos discutir dónde instalarlos, cómo integrarlos a la Dirección Meteorológica, quién interpretará sus datos y qué autoridad activará cada alerta.
Señora Cebrián: el problema no es que un radar, por sí solo, no pueda salvarnos. El problema es que un país moderno tampoco puede protegerse con autoridades que parecen descubrir, en plena emergencia, para qué sirven sus herramientas.
Y la prevención seria, a diferencia de las excusas y los discursos improvisados, debe llegar antes del desastre.
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cc @alligohler
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¿ES MUCHO PEDIR?
Cuando la decencia y el conocimiento son el desde.
La relación entre un país y sus gobernantes se parece demasiado a esos romances desgraciados: uno confía y descubre que cumplir la palabra se ha vuelto una extravagancia.
Yo quisiera enamorarme otra vez de la idea de un gobierno. No de sus retratos ni de sus banderas en la escenografía del poder. Quisiera un gobierno que mirara a todos, incluso a quienes no lo eligieron. Qué pretensión la mía: pedir que la patria no sea propiedad privada del vencedor.
Quisiera un presidente digno. No un santo ni un sabio omnisciente: alguien que piense antes de hablar y que, después de hablar, no nos obligue a investigar si dijo la verdad. La investidura no convierte una ocurrencia en doctrina ni una mentira en política de Estado.
Quisiera un ministro del Interior que inspirara serenidad, no la inquietud de quien escucha a un piloto preguntar dónde está la cabina. Un canciller cuya palabra nos representara sin hacernos bajar la mirada. Un responsable de Seguridad que entendiera que la confianza pública no se fabrica a gritos ni se impone con gesto marcial.
Quisiera que el ministro de Vivienda recordara que detrás de cada cifra hay una familia esperando un techo. Que el de Educación supiera de aulas, maestros y aprendizaje, y no confundiera el futuro de los niños con recortes. Que la ministra de Ciencias conociera la diferencia entre una evidencia y una consigna. Es una exigencia temeraria, lo sé: pedir ciencia en Ciencias.
Quisiera un ministro de Hacienda que comprendiera la economía completa, no sólo la porción que cabe en la billetera de sus amigos; que conociera la macroeconomía y pudiera mirar su propia trayectoria sin necesitar un conveniente apagón de memoria. Un ministro de Defensa respetado por su criterio, no por el volumen de sus discursos. Uno de Justicia cuya biografía no fuera una invitación a desconfiar de la justicia.
Quisiera un ministro de Transporte que pensara en quien madruga y atraviesa la ciudad para trabajar; uno de Obras Públicas que entendiera que construir infraestructura es también construir igualdad; un ministro de Minería que conociera el subsuelo y respetara a quienes viven sobre él. Uno de Telecomunicaciones que supiera que conectar personas es bastante más que pronunciar palabras en inglés.
Quisiera un ministro de Medio Ambiente que no negociara con la física del planeta, uno de Cultura que no considerara el arte un adorno prescindible y una vocería que comunicara con claridad, sin tratar a los ciudadanos como alumnos distraídos a quienes se les puede cambiar la versión de los hechos entre el desayuno y la cena.
No pido unanimidad.
La discrepancia es el oxígeno de una democracia adulta. Tampoco exijo infalibilidad: equivocarse es humano; perseverar en el engaño, en cambio, suele ser una decisión bastante bien meditada. Pido probidad, preparación y esa virtud anticuada llamada vergüenza, que alguna vez impedía celebrar como hazaña lo que apenas era cumplir con el deber.
Hay algo profundamente triste en tener que enumerar estas condiciones. Sería como escribirle al ser amado una carta rogándole que no robe, no humille, no mienta y, si le queda tiempo, recuerde nuestro nombre y nos diga si nos ama. Cuando lo elemental debe suplicarse, la relación ya está enferma.
Quizás por eso mi deseo tiene algo de romance imposible. Sueño con un poder que no se adore a sí mismo; con ministros que sirvan en lugar de servirse; con un presidente que no confunda la victoria electoral con un certificado de superioridad moral. Sueño con volver a creer sin tener que cerrar los ojos.
Y, sobre todo, quisiera que nadie considerara ingenua esta esperanza. Porque el verdadero escándalo no es pedir tanto. Es haber descendido tanto en nuestras expectativas que la honestidad parece heroísmo, la competencia parece lujo y la decencia, una utopía.
No quiero que el gobierno me seduzca con palabras. Quiero que me respete con hechos.
¿Es mucho pedir?
@MisColumnas



















